
Numerosas ovejas se encontraban apiñadas en un abrevadero, donde los pastores acostumbran llevar a beber a sus rebaños.
Un extranjero que pasaba por allí, viendo esa escena, se preguntaba cómo haría cada pastor para conocer a sus propias ovejas. Cuando éstas saciaron su sed, uno de los pastores tomó una vara y gritó: «¡Mehn-ah!» es decir «Sígueme» e inmediatamente sus ovejas levantaron la cabeza, se separaron de las otras y lo siguieron.
Otro pastor gritó: «¡Mehn-ah!» y todas sus ovejas, respondiendo a su voz, se acercaron a él.
Sorprendido, el viajero se acercó al tercer pastor y le preguntó:
—Sus ovejas ¿me seguirían a mí, que soy un extraño, si también les grito «¡Mehn-ah!»
El pastor sonrió y dijo:
—¡Inténtelo!
Para tener éxito, el extranjero se vistió con el manto del pastor, se puso en la cabeza el turbante de éste y tomó su vara. Seguro de sí mismo, gritó: «¡Mehn-ah!»
Pero ninguna oveja respondió a su llamado.
—¿Nunca siguen a otro pastor? —preguntó asombrado el extranjero.
—Sí, a veces... sólo cuando están enfermas...
En la Biblia, el Señor Jesús a menudo es comparado a un pastor. Los que creen en Él son llamados ovejas suyas.
«¡Mehn-ah!... ¡mehn-ah!»...
“A sus ovejas llama... y va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán... porque no conocen la voz de los extraños” (Juan 10:3-5).
Jesucristo es “el gran Pastor de las ovejas” (Hebreos 13:20), “el Príncipe de los pastores” (1.ª Pedro 5:4).