
Pala era un misionero nativo de Papúa, Nueva Guinea. Un día tomó su rollo de láminas, algunas bananas, agua fresca y puso todo en su canoa para ir a visitar una villa pagana que quedaba lejos de la costa. Antes de entregar su corazón a Jesús, él también había vivido en una villa como ésa, donde la gente vivía en constante temor de los malos espíritus, quienes, según creían, tenían completo dominio de ellos.
La villa era un lugar muy sucio, donde había mu chas enfermedades. La gente de ese lugar no era feliz, pero desde que Pala había decidido seguir el camino de Jesús, deseaba compartir con otros el maravilloso Evangelio que había conocido. Cuando llegó a la villa, la gente se reunió alrededor de él, y les contó lo que sabía acerca del gran Dios que vive en el cielo.
Pala pensó volver a su casa antes que oscureciera. Cargó su bote otra vez y se apartó de la costa. Mientras iba remando, comenzó a soplar un viento cada vez más fuerte, el cual hacía levantar grandes olas en el mar. Esta tormenta repentina llevó su pequeña y frágil canoa, mar adentro. El batalló todo el día y toda la noche para mantener su canoa a flote, y oró pidiendo protección y ayuda. Estaba muy cansado, con hambre y sed. Una vez más oró a Jesús: "Señor, he hecho todo lo que podía. Por favor, llévame a casa". Luego se sentó otra vez en su canoa.
Mientras estaba sentado, de pronto sintió algunos golpes en los costados de su pequeña canoa, al mirar vio una cantidad de delfines que lo rodeaban. Ellos comenzaron a empujarla en dirección a la orilla y la llevaban a buena velocidad a través de las aguas.
En muy poco tiempo Pala pudo llegar a tierra ileso, emocionado por el poder y la bondad de su Dios. Estaba más seguro aún que antes de que había escogido el camino correcto cuando decidió seguir a Jesús. Él sabía que Jesús le había ayudado a volver a su casa.
Sabía también que jamás volvería a adorar al diablo. El seguía a un Dios mucho más poderoso y lleno de amor, el Dios del cielo.
Programas y ayudas 1t 1987 primarios