¿OBEDECER? 

—Vamos, Marga; yo sé que no hay ningún problema. El señor Eduardo no va a decir nada.

—No, no quiero ir.

Mari se quedó mirándola con mal gesto.

—Parece que no quieres hacer nada de lo que yo quiero hacer. Yo soy mayor que tú, y cuando digo que no hay problema, es así.

—Pero mi mamá es mayor que tú, y ella dijo que no vaya, así que no voy a ir.

—¡Ay! ¡Niña miedosa! Y con estas palabras insultantes, Mari dio vuelta y se fue. Marga quedó sentada pensando. ¿Debía pasar por arriba del cerco con Mari? El señor Eduardo tal vez jamás notaría la falta de algunas ciruelas rojas y jugosas que ellas podrían comer. Y aunque lo descubriera, no le importaría. Estaba segura de esto, porque él siempre era muy amable y sonriente. Mari estaba sentada allí chupándose los labios, comiendo esa fruta deliciosa.

Marga se puso de pie y comenzó a avanzar hacia el cerco. Pero en sus oídos sintió otra vez las palabras de su madre: "Quédate en tu casa, y no vayas a la quinta del señor Eduardo". También recordó el versículo que había aprendido la semana anterior: "Hijos, obedeced a vuestros padres".

Marga se dio vuelta y casi tropieza sobre Rayita, su gato.

—Ven, Rayita —le dijo cariñosamente, levantándolo y acariciándole el pelo suave—. Vamos a casa.

Pero, atrajo su atención un nido de pajaritos que había en el suelo, y se sentó sobre el pasto para examinarlo. Pensó cuánto habría tenido que trabajar el pajarito para hacerlo.

Justamente en ese momento Marga oyó los gritos desesperados de una niña y el ladrido de un perro enojado. Con el corazón a los saltos, miró hacia atrás y vio a Mari corriendo como enloquecida hacia el cerco, y un enorme perro ladrando furioso detrás de ella.

Marga corrió hacia su casa tan ligero como le dieron las piernas, para decírselo a su madre.

—Debo ir a ver si Mari está lastimada. Quédate aquí —le dijo la mamá.

La señora corrió hacia el fondo del terreno y encontró a Mari en el suelo, aturdida y llena de magulladuras a raíz del golpe que se dio al caer del cerco. Del otro lado, el perro ladraba y gruñía.

—¡Vete a casa! ¡A tu casa! —le gritó al perro la señora, amenazándolo con un palo que agitaba en el aire. El perro salió, gruñendo. Luego, tomando a Mari en sus brazos, corrió hasta la casa y la puso sobre la cama.

—Marga, llama a la mamá de Mari. Dile que se cayó.

La mamá de Mari llegó enseguida. Ella se ocupó de las lastimaduras y arañones que tenía su hijita, y después, mirando un poco más vio que tenía un gran chichón en la cabeza.

—Me quedé prendida en el cerco —explicó Mari, cuando pudo hablar—. Me quedé colgada allí, y el perro me ladraba; lo último que supe fue que me caía. Tal vez me golpeé con una piedra. ¡Ay! ¡Cómo me duele!

—Mamá, yo estoy muy contenta porque te obedecí —le dijo Marga, abrazándola con ternura a la hora del culto.

—Y yo estoy agradecida porque tengo una hijita obediente —le respondió la mamá—. Vale la pena obedecer, ¡ya lo creo!

Programas y ayudas 1t 1987 primarios