
Sofía e Isabel eran dos niñitas a quienes su mamá mandó al almacén. Tenían la cara y el vestido limpios, y estaban bien peinadas, como deberían estar todas las niñas cuando las mamás las mandan a alguna parte. Sofía se sentía muy orgullosa porque su vestido era nuevo y bonito, pero a Isabel no le afligía el vestido que llevaba con tal de que estuviera limpio. Sabía que era feo ser orgullosa.
Sofía iba pensando todo el camino: "¡Qué linda estoy hoy!" Pero Isabel pensaba: "¿A quién podré ayudar hoy?"
De repente vieron que venía hacia ellas un perrito rengo. Unos muchachos malos le habían arrojado piedras, y le habían lastimado una patita.
-¡Pobre perrito! ¿Qué te pasa? -dijo Isabel, deteniéndose para ver lo que tenía.
-Apúrate, Isabel -le dijo Sofía-; si te toca te va a ensuciar el vestido.
Creo que Isabel ni siquiera la oyó, porque en vez de alejarse del perrito, le acarició la pata y le ató la parte lastimada con un pañuelo limpio. El perro le dio las gracias a su manera poniéndole las patas sucias sobre las rodillas y dando un ladrido.
Algunas personas que encontraron poco después a las niñas vieron el hermoso vestido de Sofía y la mancha de tierra que llevaba Isabel en el suyo, y tal vez consideraron más linda a la niña orgullosa. Pero Jesús, al mirar sus corazones, ¿en cuál de ellos creen Uds. que vio más amor? Sólo nuestro corazón le interesa a Jesús.
“Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7)
“El auxiliar” noviembre 1966