
-¡Abuelita! ¡Abuelita! ¡Ven enseguida! ¡Hay monos en el fondo de casa! Tomándola de la mano, Anita la arrastró hacia la puerta de atrás, y después salieron al patio. La abuela iba protestando y diciendo toda clase de cosas, de que era imposible que hubiera monos allí, sólo que la imaginación de Anita era demasiado activa, y otras cosas acerca de las selvas. Pero todos sus reniegos se acabaron cuando al mirar hacia arriba vio monos que saltaban de una rama a otra en los altos robles del fondo de la casa.
Pero esto no sucedió en la selva tropical de un país lejano, sino en una tranquila población de Michigan, en los Estados Unidos; Anita y su familia vivían exactamente a un km. y medio del zoológico de Detroit. A veces, de noche oían el aullido de los lobos, pero jamás habían aparecido monos en el fondo de la casa.
Mientras la abuelita entró a llamar por teléfono al zoológico, Anita y sus dos hermanas fueron o lo cocina a sacar bananas de la nevera, y pasaron un rato muy divertido dando de comer a los monos.
En el zoológico la gente se irritó con la llamada telefónica de la abuela. Hasta se enojaron. No creían que fuera posible que los monos hubieran escapado. La "Isla de los monos" estaba rodeada por un foso lleno de agua y por una alta pared de cemento. Pero la noche anterior, siendo bien tarde, el agua había bajado más de lo normal y uno de los monos vadeó el foso, y levantando el brazo todo lo que pudo, introdujo un dedo dentro de una pequeña grieta. Todos los monos restantes lo habían estado observando curiosamente y pudieron cruzar también, usándolo de escalera; treparon sobre el lomo y el brazo extendido, saltaron sobre la muralla y escaparon. Ni siquiera se detuvieron a ayudar al primer monito que a la mañana siguiente estaba todavía allí, con el dedo atrapado en la grieta.
Demasiado pronto para las niñas, los guardianes del zoológico llegaron. Descargaron las trampas de rara apariencia; no eran de red, ni de malla; no eran grandes, ni pequeñas. Eran unos cajoncitos de madera con un agujerito a un costado. Las niñas observaron que los guardianes del zoológico abrieron la puerta de los cajoncitos, ubicadas en su parte superior, y pusieron fruta adentro. ¿Cómo podrían cazar un mono de esa manera?
Los hombres le explicaron cómo lo harían. Al percibir el aroma de la fruta tentadora que había dentro del cajoncito, el mono metería su brazo flaco dentro del agujerito, y con la mano apretaría fuertemente una banana o una naranja, lo que le impediría sacarla, porque el puño con la fruta sería demasiado grande para salir por ese agujerito, y el tonto del mono se sentaría allí y dejaría que lo capturaran en vez de dejar lo que tuviera en la mano. ¡Exactamente sucedió así! Pronto cazaron a todos los monos y los llevaron de vuelto al zoológico.
La gente se parece mucho a los monos. Seguirán manteniendo un mal hábito, en vez de abandonarlo y liberarse. ¿Tienes un mal hábito? ¿Te ha atrapado Satanás en su trampa porque no quisiste dejar de hacer algo? Despréndete de él, entrégate a Jesús y serás completamente libre.
Programas y ayudas 1988