¿LO VISTE? 

Esto es lo que le sucedió a Amós, hijo de un maestro africano. Cierto día el pequeño Amós cayó enfermo con fiebre muy alta. La esposa del misionero le dio a su madre un medicamento para la fiebre, pero no le hizo efecto. Los entristecidos padres lo veían cada vez más débil y unas pocas horas antes de que se pusiera el sol el sábado algunos amigos de la familia vinieron a ofrecerse para cavar una tumba y tenerla lista para el otro día. Con lágrimas en los ojos el padre ya les iba a decir que sí, cuando su esposa lo llamó y le dijo: "Ven, Jonás, no te demores. Vamos a orar. Dios puede aún concedernos nuestro pedido".

Fueron hasta la esterilla donde estaba acostado el niño y se arrodillaron junto a él.

Con gran fervor la madre comenzó a orar: "Padre, tú puedes ayudarnos todavía. Envía tu ángel para que toque a nuestro niño y él seguramente se mejorará".

Mientras así oraba la madre, el padre sintió que el débil pulso del niño cesaba completamente, pero no se animó a interrumpir la ferviente oración de su esposa.

Mientras oraba, le pareció a la madre que la puerta se abría. No abrió sus ojos, pues pensó que era alguno de los amigos a quienes habían invitado a su casa para orar con ellos, de modo que continuó su plegaria. "Señor, yo sé que tú tienes todo el poder, aún en esta tierra tan afligida por Satanás y el pecado. Haz que Amós mejore".

Un largo estremecimiento sacudió el cuerpo del niño, inspiró profundamente y se sentó en la estera.

-Mamá -dijo- ¿Lo viste?

Ambos padres abrieron los ojos.

-¿A quién? -preguntaron sorprendidos.

-Al ángel -dijo Amós-. ¿No viste al ángel? No debes hablar tan fuerte cuando los ángeles andan cerca.

Creyendo que el niño deliraba, trataron de tranquilizarlo y de hacer que se acostara nuevamente.

-No, no, quiero levantarme -decía- Estoy mejor ahora. Pero los padres se esforzaban por acostarlo otra vez·. -Quédate tranquilo -le decían-, o te empeorarás.

-No, no, estoy bien -decía el niño-. ¿No vieron al ángel? Yo me había dormido y de pronto alguien vino y me tocó la frente con su mano fría, y me desperté. Abrí mis ojos y vi a un hombre todo vestido de blanco. Ahora estoy bien, porque Jesús envió a su ángel para que me sanara. Me tocó la cabeza y ahora estoy bien.

Amós estaba tan emocionado que apenas podía hablar. Los padres le tocaron la frente y comprobaron que ya no tenía fiebre. Allí mismo le dieron gracias a Dios, y mientras oraban oyeron que llamaban a la puerta.

-¿Dónde le gustaría que cavemos la tumba? -preguntaron los amigos, pero quedaron mudos al ver al niño sano frente a ellos.

-No hace falta que caven ninguna tumba -dijo feliz el padre- Dios nos ha devuelto a nuestro hijito.

“El Auxiliar” noviembre 1966