
El papá de Arielito era carpintero y sus trabajos eran tan exactos y buenos que se había granjeado justa fama en toda la ciudad. Arielito, que tenía doce años, lo admiraba por su habilidad y soñaba tener cuando fuese grande un gran taller de carpintería con muchos operarios y realizar grandes proyectos. Ya había aprendido a hacer algunas cosas, como manejar la sierra, clavar, encolar y hacer algunos trabajos sencillos.
Un día tuvo que acompañar al papá al centro. En una de las vidrieras iluminadas Arielito vio algo que lo dejó inmensamente entusiasmado: un barco de juguete que medía como un metro y medio de largo, junto a un muelle. El barco tenía bodegas por donde se podían introducir unos cubitos de madera que hacían las veces de mercancía; tenía seis cubiertas, grúas que funcionaban, luces de señales que se podían prender y apagar, anclas que se recogían y se echaban, etc. En el muelle había un trencito de diez vagones diminutos que corrían sobre cuatro vías y recibían la carga del barco. Parte de la mercancía estaba ya colocada a lo largo del muelle. Arielito quedó largo rato mirando eso y le preguntó a su papá si no era posible comprar ese juguete tan maravilloso.
- No podemos, hijo -le respondió el papá-; tú sabes que no tenemos dinero para eso. Además, es un juguete muy costoso. Tenemos que pagar la casa que compramos, y otras cosas más. Por ahora no podemos.
Arielito no se podía olvidar de aquel juguete y lo mencionaba en cada conversación con su papá. El papá notaba que todo el anhelo de su hijo era sólo ese juguete, y lamentaba mucho no podérselo comprar. Un día el papá lo llamó y le dijo:
- ¿Sabes, Arielito? Es cierto que nosotros no podemos comprarte ese juguete porque es muy caro. Pero podemos fabricar uno en casa. Si tú me ayudas, dentro de poco terminaremos uno tan hermoso como ése que viste en el centro.
Arielito miró a su padre sorprendido, pues no podía creer que se pudiese hacer en casa algo tan difícil; pero tenía confianza en su papa, y lleno de alegría le dijo que le ayudaría de todo corazón a fabricarlo y le obedecería al pie de la letra lo que él le indicase.
El papá le dijo que, por asuntos de su negocio, iba a hacer un viaje de tres semanas a cierto lejano lugar y que el taller iba a quedar cerrado durante ese tiempo, por lo que él podría trabajar allí.
Antes de partir, el papá ocupó largas horas de su ocio en sacar cuidadosamente las medidas y marcarle con lápiz sobre las tablas las piezas que Arielito debía cortar durante su viaje. Antes de hacer eso el papá había estudiado con detenimiento muchísimas fotografías de los más lindos barcos, y de las más lindas locomotoras. Cuando terminó de marcar con exactitud todas las piezas, el papá le dijo a Arielito:
- Arielito, aquí tienes tu trabajo. Durante estas tres semanas que estaré de viaje tienes que cortar todas estas piezas con el máximo de exactitud, pulirlas con la lija y déjalas listas para cuando yo regrese. Si todas están bien cortadas y pulidas, yo las armaré todas y tendrás un hermoso barco de juguete.
El papá partió y Arielito se puso a trabajar. Contó todas las piezas que debía cortar: 251 en total. Había algunas muy grandes, otras muy chiquititas. Tenía que cortar rueditas de apenas un centímetro de diámetro. Había piezas que tenían formas tan raras que Arielito no se imaginaba para qué iban a servir. La gran mayoría llevaba unos agujeritos diminutos por los cuales pasarían los tornillos. Arielito sabía que su papá era muy hábil para esa cIase de trabajo, pero nunca pensó que el juguete resultaría tan hermoso como el de la vidriera del centro, Arielito trabajó todo el tiempo que pudo. A veces le dolían las manos de tanto cortar. Otras veces se aburría porque eran muchas las piezas que debía cortar. Al finalizar las tres semanas, Arielito terminó todo su trabajo, y cada una de las piezas, perfectamente cortadas y pulidas, las puso en un enorme baúl que se llenó completamente.
Arielito se alegró mucho cuando el papá bajó del barco que lo trajo al puerto de la ciudad y le dijo que todas las piezas estaban perfectamente cortadas. El papá lo felicitó por su dedicación y perseverancia y le dijo que estaba orgulloso de tener un hijo con tanto empeño.
Al día siguiente, el papá examinó una a una las piezas, las dispuso sobre una mesa, trajo tornillos, cola, y las herramientas para comenzar a armarlo todo. Al cabo de una hora, ya había terminado de armar el casco del buque y le estaba colocando las cubiertas. ¡Qué hermoso se estaba viendo! El papá tardó dos días y medio en ajustar y armar todas las piezas. Cuando todo el barco de juguete quedó terminado, el papá lo pintó con hermosos colores. Arielito se quedó maravillado del juguete y de lo mucho que sabía su papá. El juguete una vez terminado, era tan hermoso, o más, que el que se exhibía en la vidriera del centro. Y Arielito estaba orgulloso porque él había cooperado en su construcción.
Esa noche, antes de acostarse, comprendió mejor la lección de la escuela sabática de esa semana, titulada “Jesús regresa al cielo”, que la mamá le enseñó. La mamá le dijo que de la misma manera Jesús encomendó a todos sus discípulos una gran tarea que realizar y que cuando, ésta sea terminada, vendrá otra vez y dará el premio merecido a cada uno. Hoy decide trabajar por Jesús.
Extraído de: “El auxiliar de la escuela sabática” Abril de 1968