LA FE DE CARLOS 

Cuando Carlos tenía siete años, su padre tuvo que ir obligado al ejército, les quitaron la casa, y no tenían nada para comer, a menos que sus amigos les dieran algo. Al poco tiempo la ropa y los zapatos de Carlos comenzaron a romperse, y no había dinero para comprar otros.

Él le rogaba a la madre, que por favor le comprase un par de zapatos nuevos. Los agujeros eran tan grandes, que la nieve entraba por ellos.

Las lágrimas inundaron los ojos de la madre al decirle:

-Espero hijo querido, que podamos conseguir pronto algo para ti.

Cierta mañana, mientras estaba parado al lado de la ventana mirando como jugaban los niños afuera, comenzó a sollozar y decir:

-¡Mamá, ya no puedo más! ¿No podría conseguir yo en algún lado un par de zapatos?

 La mamá lo miró con simpatía, y le contestó:

-Tú sabes, Carlos cómo hacer, y creo que puedes hacerlo.

-¿Puedo? -exclamó entusiasmado- ¿Dónde? ¡Dímelo enseguida!

-Yo creo que tú sabes. Piensa un poco.

Mirando a su madre, él dijo:

-¡Sí, yo sé! Dios me los dará. ¿Por qué no pensé en eso antes? Voy a ir ahora a pedírselos.

Y callado, fue y se arrodilló al lado de la cama de su madre y le pidió a su Padre celestial que le enviara zapatos. Luego salió corriendo hasta donde estaba ella y le dijo: -Ya vendrán, mamá. Vendrán cuando Dios quiera.

Algunos días después, la tía Margarita, una amiga muy querida, llegó y le dijo a Carlos -¿quieres ir a caminar un poco amigo? Al salir a la calle ella se dio cuenta que los calcetines aparecían por la puntera de los zapatos de Carlos, y se lo hizo notar. Pensó que se iba a congelar. ¿Por qué no se ponía las botas?

-Es que esto es todo el calzado que tengo -le explicó Carlos.

-¿Todo lo que tienes? ¿Por qué no te compras un par de zapatos nuevos?

---Ya los voy a tener, tan pronto como Dios me los mande -le contestó el niño.

Las lágrimas inundaron los ojos de la tía Margarita.

Y mientras caminaban por la calle llegaron a una zapatería.

-Bueno, ahora, Carlos, elígete cualquier par que te guste.

Carlos no veía las horas de llegar a su casa. Tan pronto como vio a la mamá le dijo:

-¡Mira, mamá! Dios me mandó los zapatos. La tía Margarita los pagó, pero Dios me oyó cuando se los pedí, y creo que le dijo a ella que me los comprara.

A veces le pedimos a Dios lo que necesitamos, y tenemos que agradecerle cuando él nos lo manda.

Esa noche Carlos oró agradeciendo a su mejor Amigo por su regalo.

Programas y ayudas 1990 Primarios