
Nora y Susi eran amigas y a menudo jugaban juntas después de las clases. Un día la mamá les pidió que fuesen al almacén, pues quería azúcar. En el almacén Nora y Susi vieron que un amigo del dueño sacaba de una caja un bizcocho y se lo comía delante del mismo dueño, mientras charlaba alegremente, sin que el dueño le diese la menor importancia.
Camino a la casa, Nora le dijo a Susi que ellas podían hacer lo mismo, ya que el Sr. Guzmán, el dueño, ni siquiera le daba importancia. Susi pensó que eso era malo.
- Supongo que no será nada malo si lo hacemos cuando él está ahí y nos ve. De otra manera estaríamos robando, ¿no lo crees así? -preguntó Nora.
- No sé qué decirte -contestó Susi.
Tres días después tuvieron que ir al almacén. En el camino Nora le dijo a su amiguita que el Sr. Guzmán tenía que ir al depósito a buscar el aceite y que entonces podrían sacar algunos bizcochos. Susi se negó, pero, cuando vio las ricas masitas dentro de la caja, no dijo que no. Así que cada vez que iban al almacén, Susi aceptaba los bizcochos que le pasaba Nora. Sin embargo, Susi no se sentía contenta y por la noche pedía perdón a Dios por su falta. Pero cuando iba otra vez al almacén su voluntad se debilitaba y volvía a comer los bizcochos de la caja.
Un día el dependiente las vio. Cuando las chicas se dieron cuenta de eso salieron corriendo del almacén. Desde ese día Susi no volvió a tomar una sola masita del mostrador, pero no enmendó su falta anterior y se sentía triste como nunca antes.
Esa noche Susi oyó una conversación entre su papá y su mamá.
- ¿Sabes que he tenido muy malos informes en cuanto a Nora? Parece que ha estado robando aquí y allá por el pueblo.
- Sí, alguien me contó lo mismo hoy -respondió la mamá-. Me parece que sería mejor no dejar jugar a Susi con ella.
- Susi sintió un gran temor de que la gente pudiera pensar lo mismo de ella. Se dirigió al borde de su cama, se arrodilló y pidió perdón a Jesús por el mal que había cometido y le prometió no volver a robar nunca más. Después se dirigió hacia su alcancía y sacó lo poco que tenía. Con el dinero en la mano se dirigió al almacén del Sr. Guzmán quien estaba solo, y le dijo:
- "Sr. Guzmán, lamento mucho haberle cogido el otro día algunos bizcochos y espero que con esto alcance para pagárselos".
El Sr. Guzmán se lo agradeció con una sonrisa. Susi volvió corriendo a casa sintiéndose muy contenta de haber arreglado las cuentas con el Sr. Guzmán y de haber agradado a Jesús.