

—¡Pobre Eleonor! —dijo la señora Roosevelt sus pirando, mientras conversaba con una amiga muy bien vestida que había ido a visitarla—. Esa chica es tan anticuada. (Muestre la fotografía de Eleonor cuando era niña.)
La señora con quien hablaba sacudió la cabeza con tristeza, y dijo:
—Realmente, no es linda como su encantadora madre.
—Dudo que alguien quiera casarse con ella —continuó la señora Roosevelt—. ¿Quién podría querer a alguien tan poco atractivo?
—Sin duda habrá alguien —dijo la señora que la visitaba, demostrando esperanzas.
—Podría tener una oportunidad, si no fuera tan desgarbada y tímida —afirmó la señora Roosevelt asintiendo con su cabeza.
En la habitación de al lado, Eleonor, una niña de trece años había oído todo. Se le enrojeció la cara de vergüenza. Hubiera querido hundirse en el piso. Corrió a su pieza y se miró en el espejo, era cierto, no era linda. Tenía la boca demasiado grande y los dientes demasiado largos. El mentón pequeño y echado hacia atrás, su cabello rubio era incontrolable, y tenía la nariz llena de pecas.
—No puedo hacer nada por mejorar —se dijo frunciendo su ceño mientras se miraba en el espejo.
Me parece que tendré que tratar de ser lo más simpática que me sea posible para que la gente no se dé cuenta de cuan fea soy.
Y eso fue lo que hizo. Eleonor llegó a ser una mujer que realmente se preocupó por otras personas.
Parecía estar siempre enterada de quién era la persona que se sentía triste, y hacía lo mejor que estaba a su alcance para que se sintiera querida, amada, feliz.
Se desvivía por hacer que los tímidos y abandonados se sintieran menos inútiles. Todos la querían. ¡Y ella se casó! En verdad, su esposo, Franklin Delano Roosevelt, llegó a ser el trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos. La gente que conoció a Eleonor, la consideraba algo único y muy valioso. Nadie pensaba que era fea, porque todo lo que veían en ella era su amoroso carácter y su encantadora personalidad. Esto sucedió porque ella aprendió a aceptarse como era, como algo único, como alguien a quien Dios amaba muchísimo, como alguien que podía hacer un trabajo especial que nadie más podría realizar.
Así que cuando vean a alguien que es feo, gordo, desgarbado, o diferente de alguna manera, espero que miren más allá de su apariencia exterior y recuerden que esa persona también es valiosa.
Programas y ayudas 2t 1988 primarios