
Inés estaba muy arreglada, lista para salir rumbo a la escuela sabática. Estrenaba un bonito vestido azul, de seda. Era un color que le sentaba muy bien, porque era rubia, de ojos azules. En su mano llevaba una carterita, en la cual llevaba además de otras cositas, la ofrenda para la escuela sabática y también para el culto.
Su amiguita Lira ya estaba esperándola en la esquina.
-¡Qué vestido bonito tienes, Inés! -le dijo, examinándolo en todos sus detalles.
-Muchas gracias. A mí también me gusta mucho. Me lo hizo mi mamá.
-Vamos a pasar por la heladería para comprarnos un helado antes de ir.
Pero... Lira, ¡hoy es sábado l ¿Cómo piensas hacer eso?
-Tú habrás desayunado, pero yo no. Estoy con hambre. Mi mamá todavía estaba en la cama cuando salí de casa.
-En ese caso, vamos, pero yo sé que mamá...
-¡Tú tienes una madre tan buena, Inés! Siempre te hace algo, ahora te hizo el vestido. Claro, mi mamá también es buena. Me compra casi todo lo que quiero… Cuando quiere dormir un poco más me deja que compre algo para comer. De esa manera puedo comer lo que me gusta, y generalmente compro helados.
-A mí también me gustan, pero nunca como desayuno.
-Bien, pero hoy comerás uno, porque compraré también para ti.
-¡No, Lira, no lo compres! Yo no compro en sábado.
-Pero, tú no comprarás nada. Yo lo voy a pagar. Tengo dinero como para las dos, y además no comería sola. ¡Por favor, Inés, no seas así!
Inés se puso a pensar en el versículo que su madre le había enseñado respecto a la santidad del sábado. Sabía que ella no le permitiría comprar nada, pero iba aceptarlo. La iglesia no quedaba lejos; por eso caminaban despacito mientras comían el helado. Inés iba pasándole la lengua por el borde, pero no se sentía muy feliz. El helado no le parecía tan rico como esperaba. Pensaba en lo que le diría la mamá si se llegaba a enterar. Comía despacio, y el helado se iba derritiendo. De repente, se le cayó un poco sobre su vestido nuevo, de seda.
-¡Oh! ¡ensucié el vestido! Inés arrojó al suelo el resto de su helado. Lira trató de consolarla, diciéndole que tal vez podrían sacar la mancha cuando llegaran a la iglesia.
Pero, quedó peor cuando trataron de quitarla con un pañuelo mojado. La escuela sabática ya había comenzado y ellas se sentaron atrás, en los últimos bancos. Estaban por recoger la ofrenda.
-No tengo más dinero -le dijo Lira en voz baja a Inés-. ¿Podrías prestarme algo? Me da vergüenza no dar nada. Gasté todo el dinero en los helados.
-Sólo tengo dos billetes -dijo Inés-, pero tú puedes tener uno.
Después de recoger la ofrenda, la directora dirigiéndose a las dos niñas les preguntó si habían traído algo para el Decimotecio.
¡Pobre Inés! Se puso colorada y los ojos se le llenaron de lágrimas. Es que había quedado sin dinero para el Decimotercio, pero lo peor era que había quebrantado el sábado. Nada ganaba con pensar que ella no era quien había comprado helados. Sabía que a los ojos de Dios no había hecho bien.
Además, tenía un hogar adventista, y Lira no lo tenía. "Yo la invité para venir a la escuela sabática, para enseñarle a entregar su corazón a Jesús" pensaba. ¡Oh, quería ir a su casa enseguida! Además, se había manchado el vestido. Lo había arruinado.
"Yo no necesitaba este vestido de seda", pensaba. "Mamá quería hacerme uno de algodón, que fuera fácil de lavar y planchar, pero yo lloriqueé tanto, y la molesté, hasta que me hizo éste de seda.
Sé que habría agradado más a Jesús con el que mamá quería hacer. ¿Cómo le diré lo que hice?"
Inés y Lira fueron después al sermón, pero Inés no quiso sentarse cerca de su mamá, para no darle un disgusto. Esperó hasta ir a la casa, y se las arregló para no volver con sus padres.
Al llegar a su casa, la mamá ya estaba en la cocina. Inés fue a su habitación y se cambió de vestido; después se presentó para poner la mesa. Durante el almuerzo no habló nada. Estaba tan callada, que el padre le preguntó
-¿Qué te pasa, hijita? ¿Has perdido la lengua?
A Inés no le hizo ninguna gracia. Más tarde, al salir de la mesa, la mamá le preguntó:
-¿Te sientes mal, hijita? Yo quería ir esta tarde a visitar a tu abuelita. ¿No quieres ponerte el vestido nuevo para
que ella lo vea?
Inés no aguantó más. Se puso a llorar, y salió de la cocina. La madre la siguió y la abrazó con cariño.
Entonces Inés se animó a contarle todo.
-¡Oh, mamá! Yo quería ser misionera ... pero ... desobedecí a Dios y no fui ... un buen ejemplo para Lira ... Y... ahora, ¿cómo voy a ganarla para Jesús?
Después fue a su pieza y apareció con el vestido manchado. Al mirarlo comenzó a llorar nuevamente. La mamá examinó la mancha y descubrió que no sería posible quitarla. Pero para consuelo de Inés, le dijo que le había quedado un retazo de tela, que le permitiría hacerle un buen arreglo para que no se notara, y de esa manera quedaría tan bonito como antes.
-No es tan importante la mancha de tu vestido, hijita ---le dijo la madre-, como la mancha que quedó en tu corazón.
Entonces las dos, arrodilladas, pidieron a Jesús que perdonase a Inés por lo que había hecho.
Después, la mamá le dijo que quedara tranquila, pues ya había arreglado las cosas con Dios, y que al día siguiente ella le arreglaría el vestido, pero que nunca olvidase la lección que había aprendido ese día.
El vestido que se puso Inés para visitar a la abuelita, no era de seda, ni era nuevo, pero su sonrisa brillaba como el sol, y su corazón flotaba como las nubes en el cielo azul. El sábado es una delicia cuando obedecemos a Jesús.
Programas y ayudas 1984