EL SECRETO DE LEONARDO 

Todo el día Leonardo se lo pasó hablándole a Ernesto de su "secreto". Antes, de las clases, durante ellas y después de salir de la escuela. Le decía en voz baja y al oído que, en el bolsillo, tenía algo que lo entusiasmaría.

Al principio Ernesto no Le hizo caso; es que, como persona, no le gustaba. Se imaginaba, que lo que quería, era tratar de llamar la atención hacia él, y que en realidad no tenía ningún "secreto". Pero, cuanto más trataba de desentenderse de él, más le hablaba Leonardo de su "secreto" y señalaba de una manera misteriosa su bolsillo. Al día siguiente, de tarde, mientras LA maestra estaba escribiendo algo en el pizarrón, Leonardo comenzó otra vez.

-¡Psst! ¡Ernesto! Leonardo se apoyó sobre su compañero para decirle en voz baja AL oído:

-Sígueme, y allá en la arboleda, en el camino a casa, te voy a mostrar algo.

Bueno, le daré el gusto, pensó Ernesto. Pues se despertó su curiosidad. Tal vez sería algo que podría interesarlo, pero, ¿por qué tenía que ser dentro de la arboleda?

Al terminar las clases los dos niños salieron juntos de los terrenos de la escuela, y hacia las afueras del pueblo. Cuando llegaron a la arboleda, Leonardo siguió un poco más hacia adelante entre los árboles, luego se detuvo y miró en todas direcciones, y después sacó del bolsillo dos cositas envueltas en papel.

-iOh, así que ése es tu maravilloso secreto! ¡Dos cigarrillos viejos y mugrientos! --dijo Ernesto, disgustado.

-¡No son viejos, ni mugrientos! Además, el hombre que me los dio me dijo que, si los fumamos, tendremos sueños maravillosos. ¡Y me dijo que sabía dónde podemos conseguir más!

-Escucha, Leonardo. Yo no sé qué te pasa, pero quiero que sepas que no tengo interés en tu "secreto". Si como tú dices estas cosas te producen "sueños maravillosos", deben tener algo más que tabaco, y yo no quiero saber nada de andar con drogas. ¿Sabes lo que te puede ocurrir?

-¡Pero, Ernesto! ¡No serán tan malos! Tengo uno para ti y otro para mí.

-¡Uno para mí! -gritó Ernesto-. No, gracias, yo no quiero fumar nada. Fumar es un vicio caro y asqueroso. Además, si el tabaco está lleno de venenos, esto probablemente es muchísimo peor. Yo no voy a fumar jamás. ¿Por qué no tiras eso entre las plantas? O mejor aún, échalos al suelo, y deshazlos, aplástalos con los pies...

-Pero, ¡Ernesto, no digas eso! Piensa en los sueños...

-Déjame. No quiero soñar; quiero estar despierto. Quiero vivir una vida decente y limpia.

Ernesto se dio vuelta y comenzó a caminar para alejarse de lo arboleda.

-Hasta luego, Leonardo. ¡Pero no quiero saber nada más de tus secretos!

-¡Ernesto! ¡Ernesto!

y Ernesto se fue.

¿Qué te parece? ¿Procedió bien Ernesto?

Durante la semana que viene, anota por lo menos cinco ocasiones en que tuviste que decidir entre lo

correcto y lo incorrecto, pídele a Dios que te ayude a decidirte siempre por lo correcto.

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