
Roberto y su hermana vivían en el campo misionero. En el patio, frente a la casa, había un gran árbol al que Roberto muchas veces deseaba trepar. Un gran nido pendía del árbol.
Roberto quería mucho poder atisbar en el nido y contar los huevos, si los había. Pero la mamá se lo había
prohibido terminantemente. Varias veces se le había advertido que no fuera a tocar ese nido en modo alguno.
Un día la mamá y el papá fueron a la ciudad dejando a los niños en la casa. La hermanita estaba ocupada arriba mientras Roberto estaba sentado en los escalones del frente. El nido que colgaba del árbol y se mecía con la brisa, llamó la atención de Roberto, el cual se dijo: "Yo podría subir a ese árbol en un momento. Nadie me verá y nadie sabrá nada de ello".
De manera que, bajando los escalones que le quedaban, se dirigió hacia el árbol y se puso a treparlo. Ya estaba llegando a una de las ramas inferiores cuando la hermana salió de la casa. Al verlo intentando subir al árbol lo reprendió por hacer algo que la mamá le había prohibido. "Baja en seguida, Roberto", le dijo. Y el niño tuvo que descender. Se sentía un poco chasqueado, pero volvió a sentarse en los escalones. Allí él y su hermana comenzaron a discutir sobre el asunto por algunos minutos y por fin la hermana se levantó de un salto y se fue al patio de atrás.
"Ahora es mi oportunidad -pensó Roberto-. Subiré de un salto a ese árbol y bajaré en un momento". Y así diciéndose, Roberto volvió a intentar alcanzar el nido colgante que tanto lo atraía. Llegó hasta las ramas inferiores y habría alcanzado muy pronto el nido si en ese momento no hubiese aparecido su hermana. No viendo al niño por ninguna parte, empezó a buscarlo y finalmente lo vio trepado al árbol.
"¡Roberto, bájate en seguida! ¡Bien sabes que mamá te lo ha prohibido! Si no bajas inmediatamente se lo contaré a mamá".
Sumamente disgustado, Roberto no tuvo más remedio que bajar. La hermana se quedó sentada en los escalones, mientras Roberto renegaba porque ella había vuelto a estorbar sus planes. Mientras los dos niños estaban allí discutiendo, una gran víbora venenosa sacó de repente la cabeza de dentro del nido.
"i Mira -exclamó la hermana-, mira allí'"
-¿Qué es eso? -preguntó Roberto.
-Es un víbora venenosa -repuso la hermana-, y si tú hubieras alcanzado a meter la mano y atisbar el nido, te habría mordido y habrías muerto en seguida.
Sí, niños, eso es lo que podía haberle ocurrido a Roberto. Como ven, siempre vale la pena obedecer a mamá y a papá pues ellos procuran ayudarnos enseñándonos a ser niños obedientes.
“El auxiliar” Noviembre 1966