
-Marta -le dijo don Diego-, oigo maullar al gato, pero no puedo encontrarlo. ¿Lo viste en alguna parte?
El gato era una bolita fofa con mezcla de blanco y de negro, que recientemente había formado parte de los animales que había en la granja. Curioso como son todos los gatos, el pobrecito siempre andaba explorando la granja y algo le ocurría cada vez, porque tenía que meter su hociquito en todo lugar; no le quedaban sitios donde hacerlo. En ese momento parecía que estaba pasando por algún aprieto otra vez, pero ¿dónde? Generalmente corría a encontrarse con don Diego cuando él volvía de la casa al mediodía; pero esa vez, sólo se oía un maullidito raro. Don Diego no podía imaginar de dónde vendría.
Después de buscar, se dio cuenta de que ese llamado desesperado venía desde un viejo pozo de piedra. Espiando desde la boca del pozo, vio allá abajo en el agua oscura, algo horrible. El pobre gatito, curioso como siempre, había trepado, aparentemente, por la pared que rodeaba al pozo; se había inclinado demasiado y se había precipitado en el agua profunda y oscura del pozo. Podría haberse ahogado si no hubiera sido por un ladrillo que sobresalía un poco sobre el nivel del agua. De alguna manera había podido alcanzarlo y allí estaba todo mojado, pidiendo ayuda.
Rápidamente don Diego bajó la soga con el balde que usaban para sacar el agua. Con todo cuidado bajó el balde hasta donde estaba el gatito y se lo acercó, como para que lo único que tuviera que hacer fuera tirarse al balde. Hablándole cariñosamente, don Diego trató de animar al gatito a hacerlo, pero lo único que éste hacía era dar algunos zarpazos desesperados, y continuaba colgando de la saliente, maullando desesperado.
Esto no resultó. El gatito no podría ser rescatado hasta que se entregara, hasta que se desprendiera de esa saliente y se dejara caer dentro del balde. Debía confiar en que su patrón lo rescataría, en vez de tratar de hacerlo por su cuenta.
Finalmente, exhausto, se dio por vencido y se soltó. Cayó de espaldas en el balde. Don Diego oyó el golpe. Después, con todo cuidado fue tirando de la soga hasta que pudo levantar en sus brazos al agradecido gatito.
Nosotros hacemos muchas veces lo mismo. Dios tiene bendiciones maravillosas que piensa darnos, si sólo hacemos lo que él nos pide que hagamos. Pero, en vez de hacerlo, luchamos tratando de resolver Ias cosas a nuestra manera. Dios espera pacientemente, hasta que al final nos entregamos y accedemos a hacerlo como él quiere. Sólo entonces él puede darnos las maravillosas bendiciones con las que nos ha estado esperando siempre. ¿Por qué lo hacemos esperar?
Programas y ayudas 1988