DIOS QUIERE QUE OREMOS 

Estaba haciendo el turno de la noche en una farmacia que atendía las 24 horas. La noche había sido de mucho trabajo, y a las once, cuando parecía que se habían terminado las ventas, el farmacéutico se dejó caer en un sofá que había en el fondo, esperando poder dormir un poquito. Había cerrado con llave la puerta del frente, había apagado algunas de las luces, y estaba justamente comenzando a dormitar, cuando tocó el timbre nocturno, y de un salto estuvo de pie para atender al cliente. Era un llamado de emergencia. Cuando el cliente se fue, el farmacéutico volvió a cerrar la puerta con llave y se acostó otra vez.

Una media hora después, otro cliente tocó el timbre, y una hora más tarde fue despertado nuevamente por el ring, ring.

Estaba de mal humor cuando dejó entrar a un joven que le puso una prescripción en las manos y le pidió que la preparara tan pronto como fuera posible. El joven le hizo notar que su madre estaba muy enferma y que por favor se apresurara.

Dejemos que el farmacéutico termine la historia en sus propias palabras:

"Con ojos somnolientos y de mal humor preparé la medicina, despaché al joven, cerré la puerta y estaba por apagar la luz, cuando tomé la prescripción para archivarla, y... para mi horror... descubrí que había cometido una falta seria. En la preparación que había hecho, había puesto un veneno mortal.

"¿Qué podía hacer? Vencido por la vergüenza y la autocrítica, comencé a dar pasos de aquí para allá. Si hubiera conocido al niño, o donde vivía la familia, podría haberlo seguido, para prevenir el uso de esa medicina, pero no sabía cuál era su dirección. Me puse de rodillas, y con lágrimas confesé mi pecado de irritación, de mal humor y de negligencia, y le rogué a Dios que me perdonara y de alguna manera pudiera corregir mi falta. No sabía cómo podría ser posible, pero continué sobre mis rodillas, casi sin saber qué decía.

"Mi oración fue interrumpida por un violento timbrazo. Abrí la puerta, y allí estaba el joven.

—¡Oh! —me dijo—, me caí y rompí la botella, por favor póngame el remedio otra vez.

"Casi me desmayé de alegría. Pero antes de poner la medicina otra vez, me deslicé a mi habitación, me puse de rodillas y sólo dije sencillamente, con lágrimas que inundaban mi rostro: 'Señor Jesús, te doy gracias'. Mi oración había sido contestada".

Dios quiere que oremos. Él ha prometido oír y contestar nuestras oraciones. Podemos hablar con Jesús en cualquier momento y en cualquier lugar. En verdad, debiéramos caminar hablando con Dios durante todo el día. Cuando oramos debiéramos recordar de alabar a Dios por todo lo que ha hecho por nosotros.

Al alabarle, le damos gracias. Debiéramos recordar agradecer al Señor diariamente por ser tan bueno con nosotros.

Algunas personas oran solamente cuando están con algún problema, o cuando quieren algo. ¿Son esas las únicas ocasiones cuando debiéramos hablar con Jesús? No, por supuesto que no. El ama a cada uno de nosotros y quiere que le hablemos cada día, pero no sólo cuando lo necesitamos. Dios nos ha dicho que le digamos todo, no importa cuán insignificante sea el problema. Y cuando nuestras oraciones son contestadas debiéramos recordar agradecerle por habernos oído. Cuanto más agradezcamos a Dios, él nos dará más ocasión de darle gracias. Si les parece que Dios no contesta sus oraciones, traten de agradecerle por las bendiciones que reciben, y verán lo que sucede.

Programas y ayudas 1t 1987 primarios