
Entre los nombres registrados en el libro de una iglesia estaba el de un caballero rico y el de una pobre madre que se sostenía a sí misma y a sus seis hijos haciendo limpieza. Los dos iban a la iglesia cada semana. El rico ponía una buena cantidad de dinero en la ofrenda cada sábado, pero la pobre madre nunca podía poner más que poca cosa.
El rico sabía cuánto le costaba a ella hacerlo, cuánto tenía que trabajar. Se afligía sabiendo que se sacrificaba tanto, así que un día le dijo al pastor que él estaba dispuesto a dar lo que ella daba, para que no tuviera que preocuparse por eso.
El pastor le dijo a la mujer lo que el bondadoso hombre rico ofrecía, y al hacerlo se sorprendió al ver sus ojos con lágrimas. Ella no se sentía feliz al pensar que no tendría que privarse de cosas para poder dar.
"Ustedes no pueden privarme del gozo de dar", le dijo. "Yo le debo mucho a mi Señor. Él me ha dado muchísimas bendiciones. Creo que no podría sentirme feliz si no pudiera dar algo para él cada semana".
Tú y yo debemos ofrecer a Dios cada semana una buena ofrenda, de acuerdo con nuestras posibilidades. Nuestras ofrendas son donaciones de amor a Dios.