
Con su ruido característico se deslizaba lentamente una diligencia por un viejísimo camino llevando a la pequeña Silvia con sus padres, que eran misioneros, en el último tramo de su largo viaje a un lugar muy lejano de la China.
¡Cómo se alegró Silvia cuando por fin llegaron a la ciudad donde iba a estar su hogar!
Pero no los esperaba ninguna casa linda, así que tuvieron que vivir en una casa muy fea por largo tiempo hasta que su padre y los obreros de la China, construyeron la casa de la misión.
Cuando quedó terminada, Silvia se encontró muy a gusto en la casa y el patio que estaba rodeado por una alta pared. Silvia estaba muy contenta, pero sentía que le faltaba algo: no tenía amiguitos para jugar, ni siquiera tenía un gatito.
Un día Silvita le dijo a su mamá:
-Mamá, si pudiese tan sólo tener un gatito para jugar; creo que no me sentiría tan sola.
Pero ¿qué podía hacer su mamá? Nadie sabía dónde podrían encontrar un gatito. Entonces Silvita dijo:
-Yo sé lo que haré; le pediré a Jesús que me dé un gatito.
Así que la solitaria Silvita se puso a orar.
Al día siguiente mismo, cuando ella salía al patio, vio un gatito gris. Su papá y su mamá no sabían de dónde había venido. Pero Silvita lo sabía.
-Yo sé de dónde vino -dijo- Me lo mandó Jesús.
Y creemos que él se lo envió, pues el mismo bondadoso Jesús que tomó a los niñitos en brazos y los bendijo cuando estuvo en la tierra, escucha hoy día a los niños que oran. Aunque no lo podemos ver con nuestros ojos, él nos
ve, y le gusta que conversemos con él por medio de la oración.