ALFREDO Y ELBA APRENDEN REVERENCIA 

Alfredo se paró primero en un pie, y luego en otro. El sermón había terminado. Sentía mucho apetito y estaba cansado; quería ir a casa. Pero los padres todavía estaban parados frente a la iglesia hablando con sus amigos. Alfredo miró a Elba, ella también estaba cansada. El culto había sido largo, y a los dos mellizos les había gustado la música hermosa, las historias interesantes, y el sermón que había predicado el tío Benjamín.

Mientras esperaban a sus padres y al tío Benjamín, se escurrieron hasta la puerta abierta de la iglesia.

Nadie estaba allí en ese momento. Los dos entraron callados. Luego, poco a poco fueron caminando de arriba a abajo por los pasillos, gozando de la mullida alfombra que sentían bajo sus pies. Pero poco a poco también, aumentaron la velocidad de su marcha. No saben cómo fue, pero de pronto se encontraron corriendo de un lado a otro por detrás y por delante del templo. ¡Una linda diversión! Les parecía muy bueno, después de haber estado sentados por tanto tiempo.

Pero poco después no sólo corrían por los pasillos, sino que subieron los escalones de un costado de la plataforma, y luego bajaron por los otros. ¡Era todavía mejor!

Mientras estaban haciendo eso, no se dieron cuenta que un niñito más o menos de la mitad del tamaño de ellos, entró por la parte de atrás de la iglesia y los estaba mirando, con ojos llenos de asombro y con un dedo dentro de la boca. Alfredo y Elba corrieron por el pasillo en dirección a él. El niñito sacó el dedo de la boca.

—¡Chicos! —dijo, dirigiéndose a Alfredo.

Los dos hermanos se detuvieron tratando de respirar. El pequeño señaló con su dedo mojado a Alfredo.

—No se debe correr dentro de la casa de Dios —dijo.

La mirada severa del pequeño hizo que Alfredo se diera cuenta en ese instante de lo que con Elba también habían estado haciendo, y la cara se le puso roja.

—Tienes razón, Juancito —le dijo.

La cara de Elba también se enrojeció, y dijo pausadamente. —No lo haremos más.

Alfredo y Elba salieron caminando en silencio hacia el exterior de la iglesia. Se sentían muy avergonzados por lo que habían hecho.

En el camino a su casa, hablaron del asunto con sus padres. El padre les dijo que la iglesia es la casa de Dios y que en ella debemos estar siempre tan silenciosos como podamos, aun cuando no haya gente adentro. Es un lugar especial donde Dios puede venir a estar con nosotros.

La madre añadió: —Si ustedes fueran invitados a visitar el palacio de un gran rey, o la residencia del presidente, ¿se sentirían como para correr carreras y gritar allí?

—No, me parece que no —dijo Alfredo.

—Bueno —continuó la mamá—, Dios es el rey del universo, y Jesús es su hijo. Nuestra iglesia es su casa. ¿Les parece que tenemos derecho de hacer eso?

—Es que nos olvidamos —dijo Alfredo entre dientes.

—Pero no nos olvidaremos más —dijo Elba—, ni tampoco un niñito tendrá que hacérnoslo recordar.

Alfredo estuvo de acuerdo. Todavía podía ver a Juancito, con rostro severo acusándolos con su dedo mojado. Y como él era un niño mayor, le daba fastidio pensar que había tenido que ser puesto en línea por uno de cinco años.

 

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