
Alberto se había portado mal otra vez. No tenía la intención de hacerlo, pero el agua estaba tan linda que, casi sin darse cuenta, había entrado un poco más lejos de la debido, para hacer navegar su botecito. Alberto se miró los pantalones. ¿Qué le diría a su mamá cuando regresara a casa? Caminó lentamente pensando que el sol podría secárselos mientras caminaba hasta allá. Pero el sol casi se había puesto. Y cuando Alberto abrió la puerta de atrás y entró en la cocina, aún podía sentir el frío de sus pantalones mojados alrededor de las rodillas. Entonces decidió contarle a su mamá la historia que había venido pensando en el camino de regreso.
Porque, lamentamos decirlo, Alberto no siempre decía la verdad. La mamá, el papá, la maestra y su hermana habían tratado de corregirlo y él había prometido a su mamá que no volvería a mentir. Y lo había recordado por el camino. Por eso no se sentía muy a gusto al pensar que iba a decirle a su mamá algo que no era cierto.
Pero Alberto se dijo: "Le diré una parte de la verdad. Una sola vez más no será tan malo y a lo mejor mamá no llegue a saber nunca lo que realmente pasó".
Alberto se sentía bastante tranquilo al abrir la puerta y entrar en la cocina. Vio a su mamá bajar la vista y mirar sus pantalones mojados y entonces él se los miró también y a la luz de la cocina le parecieron de mucho peor aspecto que afuera. Al principio Alberto no dijo nada, pero podía ver, aun sin mirar, los ojos de su madre fijos en los pantalones mojados. Entonces pensó en arreglar un poco mejor el cuento, poner un poco más de verdad en él y quizá la mamá ni sospecharía que él había hecho mal.
¡Cuánto deseaba Alberto que la mamá dijera algo en vez de mirar solamente! Pero ella estaba ocupada preparando la cena y no le dijo una sola palabra. Generalmente Alberto tenía mucho apetito, pero esta vez no quiso ni comer el postre. "Con permiso mamá, ¿puedo retirarme?" dijo.
De la mesa se dirigió a su habitación. Allí se tiró sobre la cama pensando en el cuento que había planeado decirle a su mamá. Pero en ese preciso momento se acordó de Jesús. Entonces se arrodilló al lado de su cama y dijo: "Querido Jesús, estoy muy afligido. Siento que he planeado decir tantas cosas que no eran ciertas. Perdóname y ayúdame a decir siempre la verdad".
La mamá había ido a su habitación a orar por Alberto. Pocos minutos más tarde, ella oyó un golpecito en su puerta. "Adelante", dijo. La puerta se abrió lentamente -y entró Alberto-. La mamá sonrió. Entonces él le contó toda la verdad, no la historia que había estado planeando que le contaría mientras regresaba a la casa. Esta vez lo que le contó era cierto. Y cuán feliz se sentía Alberto al saber que Jesús lo había perdonado.