
Por MIRTA O'HARA
Un viajero solitario de nacionalidad india, avanzaba trabajosamente por el arduo camino. Se estaba acercando al desfiladero que le permitiría trasponer las montañas que se encuentran entre la India y el Tibet.
Antes de iniciar el ascenso, decidió descansar un poco. Encontró un lugar resguardado y comió el resto del alimento que había traído consigo.
Luego retomó el camino, deseando estar en cualquier otra parte menos junto a esa montaña cubierta de nieve.
Miró hacia atrás para ver cuánto había avanzado y vio la figura alta de un monje budista que se acercaba. Esperó hasta que el hombre lo alcanzase, lo saludó cortésmente y le sugirió que viajasen juntos. El monje pareció alegrarse por el hecho de tener compañía.
El hindú, Jalan Nagga, era muy diferente de su corpulento y vigoro so compañero. Su rostro reflejaba bondad y su contextura era menuda y frágil. Jalan había nacido en una familia rica y distinguida, y al crecer se convirtió en un devoto adorador de los dioses paganos de sus padres. Cierto día, mientras iba al templo, oyó a un hombre que hablaba de alguien llamado Jesús. Se unió a la multitud y oyó una historia que nunca había escuchado antes. Jalan ansiaba conocer más acerca de Dios, de modo que habló con el predicador, averiguó dónde vivía y lo visitó tan a menudo como pudo. Pronto dejó de ir a su templo pagano y comenzó a asistir a la misión cristiana y con el tiempo se convirtió en un seguidor de Jesús.
Airados y avergonzados, sus padres lo expulsaron de la casa y le ordenaron que no regresase jamás.
Le dijeron que desde entonces de jaba de ser su hijo: lo consideraban como si hubiese muerto, como si no existiese una persona llamada Jalan Nagga. De modo que este joven una vez rico y honorable, se convirtió en un pobre paria, sin hogar y despreciado.
Mientras ambos proseguían su viaje, Jalan trató de hablarle al monje en cuanto a su Dios, pero éste defendió enérgicamente a Buda. Poco después notaron que se acercaba una tormenta. Las sombras de la tarde estaban cubriendo el desfiladero; a menos que pudiesen encontrar un refugio antes de que la noche y la tormenta los sobrecogiesen, probablemente morirían de frío y de agotamiento. Trataron de apurarse al máximo, con la esperanza de llegar cuanto antes a un monasterio no muy distante.
Muy pronto, ráfagas de un viento helado y violento comenzaron a castigar a los cansados viajeros y a desgarrar sus ropas. De repente, por encima del ruido del viento, les pareció oír un grito angustioso que pedía auxilio. Se miraron el uno al otro y ambos se acercaron al borde del camino. A la distancia, montaña abajo, vieron el bulto de un hombre caído cuyos gritos seguían resonando. El monje budista dijo: "Ese hombre ha encontrado su destino y morirá allí. Yo no puedo hacer nada para ayudarlo. Debo tratar de salvarme.
Es mejor que por lo menos yo sobreviva y no que muramos ambos, como seguramente ocurriría si bajase a ayudarlo. Debo seguir mi camino".
Mientras el monje se envolvía con su manto y se disponía a proseguir, Jalan Nagga dijo: "Ese hombre es mi hermano y debo hacer por él todo lo que pueda". De modo que saliendo del camino, Jalan comenzó a descender la escarpada ladera de la montaña. Tanteando, resbalándose y aferrándose a los arbustos y a las rocas a fin de no rodar hasta el pie de la garganta, el valiente hindú llegó finalmente hasta donde estaba el hombre en desgracia. Tras orar pidiendo el auxilio divino y después de un largo y desesperado esfuerzo, lo arrastró cuesta arriba hasta el ca mino. En medio de la oscuridad, lo cargó sobre sus espaldas. Casi inmediatamente la tormenta se desató con toda su furia. La carga era tan pesada y tan débiles sus fuerzas que Jalan Nagga apenas podía avanzar contra el viento rugiente, la lluvia y el granizo. Ansiaba ver se libre del peso a fin de recostarse un poco y descansar, pero sabía que eso significaría la muerte de ambos. Debía continuar. Estaba tan extenuado y aturdido por el esfuerzo que no podía pensar correctamente, pero de algún modo se las arregló para avanzar un paso tras otro.
A la distancia vio una luz que desde el monasterio brillaba en las ti nieblas; esto lo llenó de esperanza y valor. Con renovado empeño, prosiguió. Poco después tropezó y cayó sobre un objeto que estaba en el suelo. El golpe lo hizo reaccionar.
Descubrió que había caído sobre el cuerpo del monje budista que, evidentemente, no había podido continuar su marcha debido al intenso frío. Allí estaba, helado y muerto.
Jalan comprendió, entonces, que el tremendo esfuerzo que había realizado para ayudar al hombre caído, lo había salvado del congelamiento; aunque se hallaba completamente exhausto, todavía vivía, mientras que el egoísta monje yacía muerto. Con un esfuerzo sobrehumano, Jalan Nagga se levantó, aun llevando sobre sus hombros al hombre inconsciente, y pudo llegar finalmente a las puertas del monasterio, donde ambos encontraron refugio.
Días más tarde, al pensar en la experiencia de esa terrible noche, Jalan recordó las palabras de Jesús:
"Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del Evangelio, la salvará" (S. Marcos 8: 35). Si él hubiese pensado sólo en salvarse a sí mismo y hubiese continuado su viaje con el monje budista, probablemente habría muerto con él. Entonces agradeció una vez más a Dios por haber podido conocer su amor y por haberle enseñado a vivir en forma abnegada y servicial.