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EL DINERO

Los males del despilfarro.-

Agradó al Señor mostrarme los males que resultan de los hábitos de derroche, para que pueda amonestar a los padres a que enseñen estricta economía a sus hijos. Enséñenles que el dinero que gasten en lo que no necesitan ha recibido un uso pervertido en vez del correcto.

Si tenéis hábitos de prodigalidad, eliminadlos de vuestra vida en seguida. A menos que lo hagáis, estaréis en bancarrota para la eternidad. Los hábitos de economía, laboriosidad y sobriedad son para vuestros hijos una porción mejor que una rica dote.

Somos peregrinos y advenedizos en la tierra. No gastemos nuestros recursos en la satisfacción de deseos que Dios quiere vernos reprimir. Representemos adecuadamente nuestra fe restringiendo nuestros deseos.

Aprenda a ahorrar y a gastar .-

Debiera Vd. aprender a reconocer cuando hay que ahorrar y cuando hay que gastar. No podemos decir que seguimos a Cristo a menos que nos neguemos a nosotros mismos y llevemos la cruz. Debemos pagar lo que debemos a medida que avanzamos; levantar los puntos caídos; suprimir las pérdidas y saber exactamente lo que poseemos. Vd. debiera sacar la cuenta de todas las sumas pequeñas gastadas en complacerse a si mismo. Debiera notar cuánto gasta para satisfacer el gusto y cultivar un apetito epicúreo pervertido. El dinero derrochado en golosinas inútiles podría dedicarse a aumentar las comodidades y conveniencias del hogar. No necesita ser tacaño; pero debe ser honrado consigo mismo y con sus hermanos. Ser tacaño es abusar de las bondades de Dios. La prodigalidad también es un abuso. Las pequeñas salidas que Vd. no considera dignas de mencionarse suman al fin una cantidad considerable.

Debe Practicarse la Economía

"Recoged los pedazos."-

Cristo dio una vez a sus discípulos una lección de economía que merece cuidadosa atención. Realizó un milagro para alimentar a los millares de hambrientos que habían escuchado sus enseñanzas. Sin embargo, después que todos hubieron comido y quedado saciados, no permitió que se perdiesen los pedazos. El que podía, cuando ella lo necesitaba, alimentar a la vasta multitud por su poder divino, invitó a sus discípulos a recoger los pedazos, a fin de que nada se perdiese. Esta lección fue dada tanto para nuestro beneficio como para el de aquellos que vivían en tiempo de Cristo. El Hijo de Dios se preocupaba por las necesidades de la vida temporal. No descuidó los fragmentos rotos sobrantes del festín, aunque podía ofrecer otro igual cuando quisiera.

Las lecciones de Jesucristo deben introducirse en toda fase de la vida práctica. Debe practicarse la economía en todo. Recójanse los pedazos, para que nada se pierda. Existe una religión que no toca el corazón y llega por lo tanto a consistir en formular palabras. No se la introduce en la vida práctica. Deben entremezclarse el deber religioso y la más elevada prudencia humana en las actividades comerciales.

Sigamos a Cristo en la abnegación. –

A fin de familiarizarse con los chascos, pruebas y tristezas que afectan a los seres humanos, Cristo descendió a las más bajas profundidades de la desgracia y la humillación. Recorrió la senda que él pide a sus seguidores que recorran. Les dice: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su  cruz cada día, y sígame." Pero los que profesan ser cristianos no están siempre dispuestos a practicar la abnegación que el Salvador requiere. No están dispuestos a limitar sus deseos a fin de tener más recursos que dar al Señor. Uno dice: "Mi familia tiene gustos dispendiosos, y me cuesta mucho sostenerla." Esto demuestra que tanto él como su familia necesitan aprender las lecciones de economía enseñadas por la vida de Cristo....

A todos llega la tentación de satisfacer deseos egoístas y exorbitantes, pero recordemos que el Señor de la vida y la gloria vino a este mundo para enseñar a la humanidad la lección de la abnegación.

Los que no viven para sí no dedicarán cada peso a satisfacer sus necesidades imaginarias ni a proveerse de comodidades, sino que recordarán que están sirviendo a Cristo y que otros necesitan también comida y ropa.

Economicemos para ayudar a la causa de Dios.-

Mucho podría decirse a los jóvenes acerca del privilegio de ayudar a la causa de Dios aprendiendo lecciones de economía y abnegación. Muchos piensan que deben darse este o aquel otro gusto, y para hacerlo se acostumbran a vivir de un modo que consume todas sus entradas. Dios quiere que obremos mejor al respecto.
Pecamos contra nosotros mismos cuando nos quedamos satisfechos con tener lo suficiente para comer, beber y vestirnos. Dios nos presenta algo más elevado que esto. Cuando estemos dispuestos a hacer a un lado nuestros deseos egoístas y dediquemos las facultades del corazón y de la mente a trabajar en la causa de Dios los agentes celestiales cooperarán con nosotros y nos harán una bendición para la humanidad.

Aunque sea pobre, el joven laborioso y económico puede ahorrar un poco para la causa de Dios.

Cuando nos tientan los gastos inútiles. –

Cuando nos vemos tentados a gastar dinero en baratijas, debemos recordar la abnegación de Cristo y su sacrificio propio para salvar al hombre caído. Debemos enseñar a nuestros hijos a practicar la abnegación y el dominio propio. La razón por la cual tantos pastores se ven frente a momentos difíciles en asuntos financieros estriba en que no limitan sus gustos, apetitos e inclinaciones. El motivo por el cual tantos hombres hacen bancarrota y se apoderan con improbidad de recursos ajenos reside en que procuran satisfacer los gustos dispendiosos de sus esposas e hijos. ¡Con cuánto cuidado debieran los padres y las madres enseñar economía a sus hijos por el precepto y el ejemplo!

¡Ojalá pudiera hacer comprender a cada uno cuán grave es el pecado de malgastar el dinero del Señor en necesidades imaginarias! El expendio de sumas que parecen pequeñas puede iniciar una cadena de circunstancias que llegará hasta la eternidad. Cuando sesione el juicio y los libros sean abiertos, se os revelará el lado de las pérdidas: el bien que podríais haber hecho con las blancas acumuladas y las sumas mayores que gastasteis en fines totalmente egoístas.

Cuidemos los centavos.-

No gastéis vuestros centavos ni vuestros pesos en comprar cosas innecesarias. Tal vez penséis que estas sumas pequeñas no representan mucho, pero estas muchas pequeñeces resultarán en un ingente total. Si pudiéramos, solicitaríamos los recursos que se gastan en cosas inútiles, en vestidos y satisfacciones egoístas. Por todos lados y en toda forma nos rodea la pobreza, y Dios nos ha impuesto el deber de aliviar de toda manera posible a la humanidad que sufre.

El Señor quiere que sus hijos se preocupen y sean serviciales. Quiere que estudien cómo pueden economizar en todo y no malgastar cosa alguna.

Parece muy pequeña la suma que se gasta diariamente en cosas inútiles pensando. "No son más que unos centavos;" pero multiplíquense esas menudas cantidades por los días del año, y con el transcurso del tiempo las cifras parecerán casi increíbles.

No compitamos con los vecinos.-

No es lo mejor tratar de aparentar que somos ricos o superiores a lo que somos, a saber sencillos discípulos del manso y humilde Salvador. No debe perturbarnos el que nuestros vecinos construyan y amueblen sus casas de una manera que no estamos autorizados a seguir. ¡Cómo debe mirar Jesús la forma en que proveemos egoístamente para satisfacer nuestros apetitos e inclinaciones, o para agradar a nuestros huéspedes! Viene a ser un lazo para nosotros el ceder al deseo de ostentación, o permitir que lo hagan los hijos que están bajo nuestra dirección.

Experiencia personal de la Sra. de White en la niñez. –

Cuando tenía sólo doce años, ya sabía lo que era economizar. Con mi hermana, aprendí un oficio, y aunque sólo ganábamos veinticinco centavos por día, ahorrábamos un poco de esta suma para darlo a las misiones. Economizamos poco a poco hasta tener treinta dólares. Luego, cuando oímos el mensaje de la pronta venida del Señor, y un pedido de recursos, así como de hombres, fue para mi un privilegio entregar los treinta dólares a mi padre y pedirle que los invirtiera en folletos y otros impresos para comunicar el mensaje a los que estaban en tinieblas. . . .

Con el dinero ganado en nuestro oficio, mi hermana y yo nos vestíamos. Entregábamos nuestro dinero a mamá, diciéndole: "Haz la compra de manera que, después de pagar por nuestra ropa, quede algo para la obra misionera." Y así lo hacía ella, con lo que estimulaba a nosotras el espíritu misionero.

Economicemos por principio.-

Aquellos cuyas manos están abiertas para responder a los perdidos de recursos con que sostener la causa de Dios y aliviar los dolientes y menesterosos no se cuentan entre los que son flojos y morosos en el manejo de sus negocios. Tienen siempre cuidado de que sus salidas queden cubiertas por sus entradas. Son ahorrativos por principio; consideran que es su deber economizar, a fin de tener algo que dar.

Refrénense los gastos imprudentes.-

¡Oh, cuánto dinero malgastamos en cosas inútiles para la casa, en vestidos cargados de adornos, en caramelos y otras cosas que no necesitamos! Padres, enseñad a vuestros hijos que es malo emplear el dinero de Dios para la satisfacción propia.... Alentadlos a ahorrar sus centavos siempre que puedan, para dedicarlos a la obra misionera. Al practicar la abnegación adquirirán una rica experiencia y estas lecciones evitarán muchas veces que contraigan hábitos de intemperancia.

Los niños pueden aprender a manifestar su amor por Cristo negándose bagatelas inútiles, en cuya compra se les va mucho dinero. En toda familia debe obrarse en consecuencia. Ello requiere tacto y método, pero resultará en la mejor educación que los niños puedan recibir. Si todos los niñitos presentasen sus ofrendas al Señor, sus donativos serían como los arroyuelos que, al fluir unidos, forman un río.

Téngase una pequeña alcancía sobre la chimenea o en algún lugar seguro donde se la pueda ver, para que los niños coloquen en ella sus ofrendas para el Señor. . . . Así se los puede educar para Dios.

Enséñeseles a pagar diezmos y ofrendas.-

No sólo pide el Señor el diezmo como suyo, sino que nos indica cómo debemos reservarlo para él. Dice: "Honra a Jehová de tu sustancia, y de las primicias de todos tus frutos." Esto no enseña que hayamos de gastar nuestros recursos para nosotros mismos y llevar el resto al Señor, aun cuando fuese por lo demás un diezmo honrado. Apártese en primer lugar la porción de Dios. Las instrucciones dadas por el Espíritu Santo mediante el apóstol Pablo acerca de los donativos exponen un principio que se aplica también al diezmo: "Cada primer día de la semana cada uno de vosotros aparte en su casa, guardando lo que por la bondad de Dios pudiere." Esta recomendación abarca a padres e hijos

Consejos útiles

Ud. se ha dedicado a un negocio que en ocasiones le rendía grandes ganancias de una vez. Después de haber obtenido recursos, Ud. no aprendió a economizar para el tiempo en que no fuese tan fácil ganar dinero, sino que gastó mucho en necesidades imaginarias. Si Ud. y su esposa hubiesen comprendido que Dios les imponía el deber de sacrificar sus gustos y deseos a fin de proveer para lo futuro en vez de vivir meramente para lo presente, podría tener ahora lo suficiente y su familia podría gozar de las comodidades de la vida. Ud. tiene que aprender una lección. Es la de sacar el mejor provecho posible de lo poco.

Debieran ahorrar sistemáticamente

Si Ud. hubiese economizado debidamente podría disponer hoy de un capital para los casos de emergencia y para ayudar a la causa de Dios. Cada semana debiera poner en reserva una porción de su sueldo, y no tocarla a menos que fuera para hacer frente a una necesidad real o para devolverla al Dador en ofrenda a Dios.

Los recursos que ganó no se han gastado sabia y económicamente, de modo que quedara un sobrante para un caso de enfermedad y su familia se viese privada de los recursos que Ud. gana para sostenerla. Ella debiera tener algo con que contar si Ud. se viese en situación difícil.

La cuenta de ahorros

Cada semana Ud. debiera colocar en lugar seguro cinco o diez dólares que no se habrían de usar sino en caso de enfermedad. Obrando con economía puede invertir algo que le reporte  interés. Mediante una administración sabia puede ahorrar algo después de pagar sus deudas.

Recuerde la causa de Dios a tiempo

Nadie piense que cumplirá con el sentir de Cristo si retiene avariciosamente su propiedad durante su vida y luego al morir lega una porción de ella a alguna causa benevolente.

El testamento

Muchos no se preocupan de hacer su testamento mientras gozan aparentemente de salud. Pero debieran tomar esa precaución; debieran conocer su situación financiera y no dejar que sus negocios se enreden. Deben ordenar su propiedad de manera que puedan dejarla en cualquier momento.

Los testamentos deben hacerse de una manera que resista la prueba de la ley. Después de haber sido formulados, pueden permanecer durante años, y no causar ningún perjuicio.

La maldición de la riqueza acumulada

Los que adquieren riquezas con el propósito de guardarlas dejan a sus hijos la maldición de ellas. Hacer esto es un pecado, un terrible pecado que pone en peligro el alma de padres y madres, y se extiende a su posteridad. Con frecuencia los hijos gastan sus medios con insensata prodigalidad, en una vida desenfrenada, al punto de trocarse en mendigos. No conocen el valor de la herencia que derrocharon. Si sus padres y madres les hubiesen dado un buen ejemplo, al distribuir sus riquezas en vez de acumularlas, se habrían asegurado tesoros en los cielos y aun en este mundo habrían recibido en recompensa paz y felicidad y en la vida futura riquezas eternas.