Detente
por un momento y mira hacia el Calvario… si miras a la distancia, verás
las tinieblas físicas que lo rodean (Mateo, 27: 45) -la Creación
se conduele y gime por lo que le ocurre a su Creador-, pero si te acercas
verás la oscuridad espiritual que envuelve a todos los que se han
dejado controlar por el odio. Allí están los dirigentes religiosos
enceguecidos por sus propias tradiciones; la ingrata muchedumbre que quiere
la muerte del que tanto bien les ha hecho; el centurión y los sádicos
soldados romanos, representantes del poderoso imperio que domina a Israel.
Pero acércate un poquito más… mira al pie de la cruz. ¡Allí todo es diferente! Allí no hay oscuridad. ¿Por qué? te preguntas. Es que allí hay amor, y el verdadero amor echa fuera la oscuridad del temor (1ª Juan, 4: 18). Allí, al pie de la cruz, están las piadosas mujeres que, aunque confundidas y sumidas en profundo dolor, han seguido a Jesús hasta el Calvario. Desde el punto de vista físico no pueden hacer nada por él; sin embargo, le están prodigando lo que él más necesita en su hora de infinita agonía; lo están colmando de amor. ¿Y quiénes son estas mujeres (Marcos, 15: 40; Mateo, 27: 56; Juan, 19: 25)?
Salomé, quien adelantándose a su época reclamó sus "derechos" y le hizo un pedido atrevido a Jesús (Mateo, 20: 20-21). María Magdalena, la gran pecadora perdonada, quien para demostrar su agradecimiento ungió a Jesús con un costoso perfume (Juan, 12: 3). María, la esposa de Cleofás, quien como muchas mujeres de su época -y de cualquier época- es poco reconocida. Todo lo que se sabe de ella es que está allí arrostrando el peligro.
Y por supuesto, allí también está la que poco más de treinta años antes recibió escarnios y burlas por llevar en su seno al "milagro de los milagros": al Bebé cuyo padre era de origen celestial. La dulce y buena María, que aunque no comprendió enteramente la misión de su Hijo, le dedicó lo mejor de su vida. Allí está ella con su corazón sangrante y con sus brazos extendidos. Los mismos brazos que arrullaron a su pequeñuelo y lo libraron de peligros, ahora tratan de tocar y aliviar los sufrimientos de su escarnecido hijo.
Aunque muchos de los amedrentados discípulos abandonaron a su Maestro, ellas han decidido estar junto a él hasta el final. No tienen temor de lo que pueda sucederles. El amor forjado entre ellas y Jesús traspasa los portales del temor.
¿Poseen tú y los tuyos el amor que irradió el Calvario? Si las mujeres del pasado lo poseyeron, tú también puedes tenerlo. Abre tu corazón y deja que el amante Jesús lo llene de amor, entonces todos sabrán que no sólo miraste hacia el Calvario, sino que como María y las otras mujeres, entregaste tu amor al Salvador allí, al pie de la cruz.