LOS DOS LADRONES:
MUERTE ETERNA Y VIDA ETERNA

El camino a la cruz representó para muchos de los que participaron en aquellos eventos funestos una encrucijada entre la vida y la muerte.

Aquí nos toca meditar en la encrucijada que se les ofreció a los dos criminales al acompañar al Hijo de Dios en su mismo suplicio. Estos hombres habían vivido al margen de la sociedad. Por la razones que fueran, ambos se encontraban ajusticiados por sus crímenes y eran los únicos que merecían el castigo recibido por los tres crucificados aquel día en el monte de la Calavera. Los verdugos pusieron adrede al inocente Hijo de Dios entre los dos criminales para sugerir que, de los tres, Jesús era el reo mayor. Pero Dios había de emplear esta patente humillación para poner a dos almas, en el último momento de sus vidas, en la encrucijada entre la vida eterna y la muerte eterna.

Conviene señalar lo que ocurrió poco antes de hablar el primer malhechor. El castigo de la crucifixión era sumamente cruel y doloroso. Acostaban al reo sobre la cruz de tal forma que los brazos se extendía a ambos lados para, entonces, hacer que el clavo pasara por la muñeca. Luego los pies eran clavados a la cruz. Podemos imaginarnos los gritos de dolor y las injurias de los ajusticiados al entrar los clavos en su cuerpo. Y luego, cuando se levantaba la cruz y se la asentaba bruscamente en el hoyo. Jesús tuvo que sobrellevar no sólo el dolor atroz de toda esa tortura en su propio cuerpo, sino las maldiciones y los alaridos de dos almas por las que estaba por morir. El corazón sensible del Hijo de Dios sentía profundamente el sufrimiento de estos dos hijos suyos.

A los ojos de Jesús, estos dos hombres eran sumamente redimibles. Él estaba por morir por ellos dos y por el mundo entero. Porque el sacrificio de Cristo fue para TODOS los pecadores. Pero la decisión de aceptar aquel sacrificio quedaba en manos de cada uno de ellos. Y pronto se acercaba para estos ladrones aquella encrucijada, el momento de decisión.

De pronto, entre los bramidos de desesperación, los dos ladrones oyen la voz apenas audible de Jesús: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lucas, 23: 34). De pronto caen en un silencio de expectativa. Oyen las burlas de los gobernantes y del pueblo: "A otros salvó, sálvese a si mismo, si es el Cristo, el elegido de Dios" (vers. 35). Se unen a aquellos mofadores los improperios de los soldados: "Si tú eres el Rey de los Judíos, sálvate a ti mismo" (vers. 37).

Cruz y encrucijada

Este es el punto de encrucijada. Jesús está ante estas dos almas moribundas. Y se les ofrece la oportunidad de escoger. Por una parte, resuenan en sus oídos las dulces palabras de perdón; por otra, se escucha el carnaval de los bufones. ¿A qué atenerse en este momento tan difícil?

Se oye primero la voz del primer malhechor: "¿No eres tú el Cristo? Pues, sálvate a ti mismo, y sálvanos a nosotros" (vers. 39). Este hombre revela que, por lo menos, había oído hablar de este Jesús que se decía el Hijo de Dios, el Cristo y Mesías. No sabemos cuánto sabía de Jesús, pero nadie podía haber vivido en Palestina sin al menos haberlo oído mentar. El caso es que este hombre, ante la encrucijada, escogió pensar primero en su propia comodidad y su propio dolor que en honrar al Hijo de Dios. No quiso asumir la culpa de lo que había hecho, ni confesara su delito. Prefirió echar la culpa de su desgracia a un inocente.

Pensando que su compañero en desgracia compartía sus sentimientos, se hizo el portavoz de ambos: "…sálvanos a nosotros". Pero su compañero iba por un camino muy diferente, y en vez de secundar las palabras despreciativas del primer ladrón, lo sorprendió con un regaño: "¿Ni aún temes a Dios, tú que estás en la misma condenación? A la verdad, nosotros padecemos justamente, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; pero este Hombre no hizo ningún mal" (vers. 40-41).

Una nueva vida

De nuevo, se nos abre otra ventana para entender lo que ya sabían estos hombres acerca de Cristo Jesús. Este reo quiere obligar a su compañero a reconocer lo que ambos sabían, que este hombre era un inocente. Pero el convencimiento no viene por los regaños, sino por un reconocimiento personal del gran amor que Dios nos tiene a través de Cristo Jesús.

Ambos tuvieron la oportunidad de aceptar a Cristo, pero solo uno dejó que el Espíritu Santo lo convenciera de la inocencia, belleza y nobleza de Cristo. Una vez conmovido por este remordimiento, se dirige a Jesús, embargado de una nueva visión de sí mismo: "Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino" (vers. 42). Hasta eso sabían estos dos hombres: que Cristo Jesús tenía un reino que no era terrenal y que habría de venir a rescatar a los que creen en él. Y si el ladrón impenitente no lo sabía, Dios le estaba dando una última oportunidad de seguir el ejemplo de su antiguo compañero de fechorías.

Pero el primer ladrón no escogió seguir los pasos de su compañero. No le condenó su vida mal vivida, sino su incapacidad y su indisposición de reconocer su pecado ante la clemencia de Cristo. ¿Era el orgullo? ¿o el mal hábito confirmado a través de una vida entera de culpar a los demás por sus propias decisiones mal hechas? No sabemos cual de estos obstáculos impidió que este hombre aceptara la oferta de salvación. Lo que sí sabemos es que no escogió humillarse para confesar su pecado, ni en el momento de la muerte.

Por otra parte, el ladrón penitente recibió de Jesús unas palabras que le sirvieron de inmenso aliento dentro de su terrible dolor físico: "Te aseguro hoy, estarás conmigo en el paraíso" (vers. 43). ¿En qué consistía esta promesa? El mismo ladrón había reconocido momentos antes que la salvación vendría con el reino venidero de Cristo Jesús: "Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino". Este hombre añoraba desde ya aquel momento glorioso cuando el inocente moribundo, al que ahora miraba con ojos suplicantes, volvería en gloria rodeado de sus ángeles como Rey de reyes y Señor de señores. Su fe, fortalecida por su confesión y por el Espíritu Santo que ahora lo embargaba, captó como si fuera una realidad aquel momento, y esa captación lo llenó de una esperanza indecible en este último trance de su vida.

Según nos acercamos cada cual a ese Gran Día, nos toca a nosotros también hacer una decisión para vida o para muerte frente a lo que ha hecho Jesús en nuestro favor. Hagamos nuestras las palabras de Josué, pronunciadas ante el pueblo de Israel antes de pasar a su descanso final: "Elegid hoy a quien servir… que yo y mi casa serviremos al Eterno" (Josué, 24: 15).

Lourdes Morales-Gudmundsson