A
lo largo de su ministerio terrenal, Jesús fue acosado con críticas,
burlas e injurias de las más viles. Cada uno de sus actos era mal
interpretado por sus detractores, quienes querían infundir dudas
e incredulidad en sus creyentes. Todo esto era obra de los dirigentes religiosos
de la época, quienes ocultaban su odio criminal contra Jesús
bajo un manto de santidad superficial.
Jesús dedicó toda su vida a sembrar el amor en el corazón de sus oyentes, con la esperanza de que germinara la semilla de la fe y la esperanza. La batalla entre el bien y el mal arreció a lo largo de su vida y giró en forma dramática en torno a su persona. Fue calumniado y criticado por sus enemigos, quienes esperaban con ansia el momento de poder atraparlo y quitarle la vida. Finalmente lograron su objetivo y lo llevaron preso ante Anás y Caifás, quienes representaban la autoridad religiosa de su tiempo, para ser juzgado por ellos.
Toda la verdad estaba de parte de Jesús. Los argumentos que se levantaron contra él eran totalmente superfluos y mentirosos. Él sabía que si hablaba podía demostrar claramente la falsedad de las acusaciones en su contra, pero también era consciente de que sus acusadores estaban decididos a no aceptar la verdad; por otra parte, era evidente que querían envenenar al populacho en su contra.
La actitud que Cristo desplegó en ese momento había sido predicha por el profeta Isaías siglos antes cuando dijo: "angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca" (Isaías, 53: 7).
El veredicto final del tribunal judío lo señaló como culpable. Mas él declaró: "Y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo" (Mateo, 26: 64). El rechazo de los dirigentes atrajo la ruina personal y nacional del pueblo a quien él vino a salvar: su pecado los alcanzó.
Para los creyentes, la declaración de Jesús ante sus enemigos nos brinda confianza para el presente y para el futuro. Aceptar su amorosa invitación significa encontrar una razón para vivir. Él llama a nuestro corazón y nos invita a que seamos parte de su gran familia, la cual recibirá la vida eterna y una tierra renovada donde el dolor, la maldad y la muerte no se encontrarán jamás.
Cristo espera que lo recibamos como el
Salvador y el Señor de nuestras vidas para brindarnos esa paz que
solo él puede brindar y que tanto necesitan nuestras almas dolientes.
Recibir a Jesús como nuestro Salvador es tenerlo todo; rechazarlo
es quedar a la deriva y finalmente perderlo todo. Cristo espera un trato
diferente de nosotros del que recibió de los dirigentes religiosos
de su época. Nosotros hemos de tomar la decisión más
trascendente que podamos realizar. Mientras tanto, Jesús se mantiene
expectante.