LA REBELIÓN DE SATANÁS
Los ángeles buenos lloraron al escuchar las palabras de Satanás y sus alborozadas jactancias. Dios afirmó que los rebeldes no podían permanecer más tiempo en el cielo. Ocupaban esa posición elevada y feliz con la condición de obedecer la ley que Dios había dado para gobernar a los seres de inteligencia superior. Pero no se había hecho ninguna provisión para salvar a los que se atrevieran a transgredirla. Satanás se envalentonó en su rebelión y expresó su desprecio por la ley del Creador. No la podía soportar. Afirmó que los ángeles no necesitaban ley y que debían ser libres para seguir su propia voluntad, que siempre los guiaría con rectitud; que la ley era una restricción de su libertad; y que su abolición era uno de los grandes objetivos de su subversión. La condición de los ángeles, según él, debía mejorar. Pero Dios, que había promulgado las leyes y las había hecho iguales a sí mismo, no pensaba así. La felicidad de la hueste angélica dependía de su perfecta obediencia a la ley. Cada cual tenía una tarea especial que cumplir, y hasta el momento cuando Satanás se rebeló, había existido perfecto orden y armonía en las alturas.
Pidió a la hueste angélica que concordase con el plan que su Padre había aceptado, y que se regocijasen en que mediante su muerte el hombre caído podría reconciliarse con Dios.
Entonces informó a la hueste angélica que se había encontrado una vía de escape para el hombre perdido. Les dijo que había suplicado a su Padre, y que había ofrecido su vida en rescate, para que la sentencia de muerte recayera sobre él, para que por su intermedio el hombre pudiera encontrar perdón; para que por los méritos de su sangre, y como resultado de su obediencia a la ley de Dios, el hombre pudiera gozar del favor del Señor, volver al hermoso jardín y comer del fruto del árbol de la vida.
Entonces éste se lleno de un gozo inefable. Y la hueste angélica entonó un himno de alabanza y adoración. Pulsaron sus arpas y entonaron una nota más elevada que nunca antes por la gran misericordia y la condescendencia de Dios al entregar a su muy Amado para que muriera por una raza de rebeldes. La alabanza y la adoración se derramaron por la abnegación y el sacrificio de Jesús; por el hecho de que consintiera en dejar el seno de su Padre y eligiera una vida de sufrimiento y angustia, para morir una muerte ignominiosa con el fin de dar vida a otros.
La ansiedad de los ángeles era muy viva mientras Jesús estaba conversando con su padre. Tres veces quedó envuelto por la esplendente luz que rodeaba al padre, y la tercera vez salió de junto al padre, de modo que ya fue posible ver su persona. Su aspecto era tranquilo, extenso de perplejidad y turbación, y resplandecía de amor y benevolencia inefables.
Entonces les dijo a los ángeles que se había hallado un medio para la salvación del perdido hombre; que había estado abogando junto a su padre, y había ofrecido dar su vida en rescate y echar sobre si la sentencia de muerte, a fin de que por su medio pudiese el hombre encontrar perdón; para que por méritos de su sangre y su obediencia a la ley de Dios, obtuviese el favor del padre y volviese al hermoso huerto para comer del fruto del árbol de vida.
En un principio los ángeles no pudieron alegrarse, porque su caudillo no les había ocultado nada, sino que les había declarado explícitamente el plan de salvación. Jesús les dijo que se pondría entre la ira de su padre y el culpable hombre, que soportaría iniquidades y escarnios, y que muy pocos le reconocería por hijo de Dios. Casi todos le odiarían y rechazarían. Dejaría toda su gloria en el cielo, para aparecer en la tierra como hombre, humillándose como hombre, y relacionándose por experiencia personal con las diversas tentaciones que habían de asaltar a los hombres, a fin de saber cómo auxiliar a los tentados; y que, por último una vez cumplida su misión, como maestro, sería entregado en manos de los hombres, para sufrir cuantas crueldades y tormentos pudiesen inspirar Satanás y sus ángeles a los hombres malvados; que moriría de la más cruel de las muertes; colgado entre los cielos y la tierra como culpable pecador; que sufriría terribles horas de agonía, con las cuales no podría compararse ningún sufrimiento corporal. Sobre él recaerían los pecados del mundo entero. Les dijo que moriría, que resucitaría al tercer día y ascendería junto a su padre para interceder por el perverso y el culpable hombre.
Los ángeles se prosternaron ante él. Ofrecieron sus vidas. Jesús les dijo que con su muerte salvaría a muchos pero que la vida de un ángel no podría pagar la deuda. Solo su vida podía aceptar el padre por rescate del hombre. También les dijo que ellos tendrían una parte que cumplir, estar con él, y fortalecerle en varias ocasiones; que tomaría la caída naturaleza del hombre, y no sería su fortaleza igual a la de ellos que presenciarían su humillación y acerbos sufrimientos; y que cuando vieran sus sufrimientos y el odio de los hombres hacia él se conmoverían con profundísimas emociones, y que por lo mucho que le amaban querrían rescatarle y librarle de sus verdugos; pero que no interviniesen para evitar nada de lo que presenciasen; que desempeñarían una parte en su resurrección; que el plan de salvación estaba ya trazado y que su padre lo había aprobado. Con santa tristeza consoló y alentó Jesús a los ángeles, manifestándole que luego estarían con aquellos a quienes redimiese y siempre permanecerían con él; y que con su muerte redimiría a muchos y destruiría a quien tenía el poder de la muerte. Y su Padre le daría el reino y la grandeza del dominio bajo todo el cielo y lo poseería para siempre jamás. Satanás y los pecadores serían destruídos para que nunca perturbasen el cielo ni la nueva tierra purificada. Jesús mando a la hueste celestial que se reconciliase con el plan que su padre había aprobado, y se alegrara de que el caído hombre pudiera por virtud de su muerte recobrar la exaltación, obtener el favor de Dios y gozar del cielo.
Entonces se llenó el cielo de inefable júbilo. La hueste celestial entono un cántico de alabanza y adoración. Pulsaron las arpas y cantaron con una nota más alta que antes, por la gran misericordia y condescendencia de Dios al dar a su Queridísimo y Amado para que muriese por una raza de rebeldes. Manifestaron alabanza y adoración por el abnegado sacrificio de Jesús, que consistía en dejar el seno del padre y escoger una vida de sufrimientos y angustias y morir ignominiosamente para poder rescatar a otros de una muerte eterna.
Me dijo mi ángel acompañante: ¿Crees que el Padre entregó sin lucha alguna a su querido y amado Hijo? No, no. El Dios del cielo luchó entre dejar que el hombre culpable pereciese o entregar a su amado hijo para que muriese por la raza humana. Los ángeles tenían tan vivo interés en la salvación del hombre que no faltaban entre ellos quienes renunciaran a su gloria y diesen su vida por el hombre que había de perecer. Pero -dijo el ángel- eso no serviría de nada. La transgresión fue tan enorme que la vida de un ángel no bastaría para satisfacer la deuda. Únicamente podía pagarla la muerte e intercesión de su Hijo para salvar al hombre perdido de su desesperanzada tristeza y miseria.
Pero a los ángeles se les encomendó la misión de ascender y descender desde la gloria con el fortalecedor bálsamo que aliviase al Hijo de Dios en sus sufrimientos, y de servirle. También había de ser su labor defender o custodiar a los súbditos de la gracia contra los ángeles malos y librarlos de las tinieblas en que constantemente trataría Satanás de envolverlos. Yo vi que le era imposible a Dios alterar o mudar su ley, salva al perdido y pereciente hombre con el cambio de la ley; por tanto, consintió en que su amado Hijo muriese por la transgresión del hombre.