¿Hasta qué punto se desarrolló la industria en el periodo prediluviano?
Estos son unos pocos retazos de los utensilios que nos dejaron fosilizados los antediluvianos:
Al unir las dos partes se formó una vasija acampanada, de 4,5 pulgadas de alto, por 6,5 en la base, 2,5 de ancho en la parte alta, y de un octavo de pulgada de grosor. Su color se asemejaba al zinc, o sea una aleación metálica con una considerable proporción de plata. En los costados tenía seis figuras de flores, un ramo de plata pura hermosamente incrustado; y alrededor de la base del jarrón había una guirnalda de plata incrustada. El cincelado, el entallado y el incrustado estaban exquisitamente terminados por el arte de un hábil artífice. Este curioso objeto fue extraído de la roca sólida que se hallaba a quince pies debajo de la superficie.
Un artesano estaba barrenando granito de una cantera cuando, de repente, vio un hilo de oro a ocho pies debajo de la superficie, incrustado en la roca, que los geólogos juzgan que tiene 60 millones de años de antigüedad. Los investigadores enviados por el London Times informaron que en opinión de ellos, el hilo era, sin duda, de hechura artificial.
En 1851 que un comerciante llamado Hiram de Witt había traído consigo desde California un pedazo de cuarzo aurífero del tamaño del puño de un hombre, y cuando de Witt estaba mostrando esa piedra a un amigo, se le cayó de la mano, y al tocar el suelo se quebró. En el interior del cuarzo descubrieron un clavo de hierro ligeramente corroído, pero bien derecho y con la punta perfecta.
Un tornillo de dos pulgadas, se descubrió dentro de un pedazo de feldespato desenterrado en 1865 de la Mina Abbey, en Treasure City, Nevada, EE. UU. El tornillo estaba oxidado, pero su forma, especialmente la rosca podía verse fácilmente dentro del feldespato.
En 1885, en la fundición de Isador Braun, de Vocklabruck, Austria, quebraron un bloque de carbón del período terciario. Dentro hallaron un pequeño cubo de metal. Fascinado por este repentino hallazgo, el hijo de Braun llevó el misterioso cubo al Museo de Salzburgo, donde fue examinado meticulosamente por el físico Karl Gurís.
Las pruebas indicaron que el cubo estaba compuesto por una aleación de acero y níquel. Medía, en pulgadas: 2,64 x 2,64 x 7,75. Pesaba 1,73 libras y su gravedad específica era de 7,75. Los bordes de este extraño cubo eran perfectamente rectos y filosos. Cuatro lados eran planos y los otros dos lados, opuestos uno al otro, eran convexos. Una ranura más bien honda corría alrededor de todo el cubo, por la mitad de su altura. No había duda de que el cubo había sido hecho a máquina, y parecía ser parte de un mecanismo mayor.
El 13 de febrero de 1961, tres buscadores de piedras, Miguel Mikesell, Wallace Lane, y Virginia Maxey, estaban a unas seis millas al noreste de Olancha, California, buscando geodas. Ese día, mientras exploraban en las montañas Coso, hallaron una piedra cerca de la cumbre, a unos 4.300 pies sobre el nivel del mar y a unos 340 pies del lecho seco del lago Owens. Los buscadores de piedras creyeron que era una geoda, pero en realidad era una piedra redonda con un hueco en el interior y una hilera de cristales, y señales de conchas fósiles. Al día siguiente, cuando Mikesell cortó la piedra por el medio, y en el proceso arruinó una sierra de diamante de diez pulgadas, vio que no contenía cristales, sino algo totalmente desconocido. Adentro estaba el resto de algo parecido a un objeto mecánico. Debajo de la capa exterior de arcilla endurecida, de piedrecillas y de fósiles, había una capa hexagonal de una sustancia desconocida más blanda que el ágata o el jaspe. Esta capa rodeaba un cilindro de tres cuartos de pulgada de ancho, hecho de sólida porcelana o cerámica, y en el centro del cilindro había un eje de metal brillante. Y descubrió que era magnético y no tenía señal de oxidación. Rodeando el cilindro de cerámica había anillos de cobre, y éstos tampoco mostraban corrosión. Sin saber qué hacer con este inusitado hallazgo, lo enviaron a la Charles Ford Society, una organización que se especializa en examinar cosas extraordinarias. La placa de rayos X tomada a esta piedra incrustada con fósiles, reveló mayor evidencia de que su contenido era de cierto aparato mecánico. Las fotografías indicaron que el eje metálico estaba corroído en un extremo, pero el otro extremo estaba unido a un resorte o espiral de metal. Ese artefacto de Coso, como se lo conoce ahora, es más que la pieza de alguna máquina. La cerámica de fina hechura y el eje metálico con su componente de cobre, sugieren la idea de un instrumento eléctrico. Se parece más a una bujía, pero ciertos componentes, especialmente el resorte y su eje terminal, no corresponden a las bujías actuales.
Siendo que el carbón es el producto de vegetación destruida, enterrada y comprimida por el agua, el cubo de Salzburgo, hallado en la llamada capa terciaria, debe, por lo tanto ser de una fecha anterior al diluvio. Debido a que el artefacto de Coso fue hallado en una roca sedimentaria, llegamos a la conclusión de que este objeto también fue sepultado durante el gran diluvio. Lo que da especial significado a estos objetos es que revelan que los antediluvianos habían progresado más allá de la producción de meros metales, y evidentemente aprendieron a utilizar ciertas formas de energía -en este caso la electricidad- varios miles de años antes de la introducción de ese conocimiento en nuestra civilización
(Extraído del libro de René Noorbergen “El misterio del arca perdida”, capítulo 4).