NO ES FÁCIL SER EL ÚNICO

MUCHAS veces, cuando un niño presenta problemas, sus padres suelen aclarar en voz baja al que lo observa, como queriendo justificar su conducta:

"¿Sabe? Es hijo único". Como si ésa fuera la etiología del problema. ¿Acaso ser hijo único legitima conductas atípicas en el hogar, en la escuela y en la vida de relación? Sin dudar afirmamos que no.

Sin embargo, el seguimiento operativo de un significativo muestreo de hijos únicos arroja un elevado índice de caprichos, egoísmo, hipersensibilidad, timidez, inseguridad, soledad y falta de iniciativa, de perseverancia y de adaptación. Índices que, por otro lado, también se encuentran en niños que tienen ocho, diez o más años de diferencia con sus hermanos más próximos. 

Síndrome de hijo único

En nuestra sociedad la escasez fija el valor de las cosas. Todo objeto único es considerado un tesoro irreemplazable. Esta actitud, transferida al único hijo, explica algo de la profusa "mitología" popular que se ha creado en torno de él.

Es verdad que un hijo único provoca ansiedad en los padres. Representa para ellos una alegría "preocupante". Viven preocupados por su salud desde el nacimiento. Tienen miedo de que deje de respirar; hacen "guardia" día y noche junto a él; le toman la temperatura con frecuencia; lo abrigan en exceso. Y como no lo encuentran nunca lo suficientemente fuerte, lo sobrealimentan hasta convertirlo en un muñeco de grasa. A fuerza de buscarle síntomas de enfermedad, lo transforman en un hipocondriaco. Mimado y adulado por tíos, abuelos y vecinos, se convierte en el centro del universo. Para conservarlo "esterilizado" se lo aleja de otros niños y se le prohibe tocar todo, evitándole así las mejores experiencias de su niñez. Además, como es el modelo y la luz del hogar, debe ser un estudiante eficiente, ocupar un lugar en el cuadro de honor y obtener cuanta medallas otorgue el colegio.

Es obvio que no ha sido vacunado para vivir en sociedad, y que todos lo gérmenes y las pequeñeces del medio pueden atacarlo y convertirlo en un individuo conflictuado y fracasado.

El hijo único carece de los límites de realidad que impone la presencia de los hermanos. Los padres de vario chicos saben muy bien que no siempre atienden de inmediato las demanda de todos ellos, simplemente porque pueden satisfacer o complacer a todo al mismo tiempo. El saber esperar compartir la atención de los padres es un excelente entrenamiento para la vida en sociedad, donde las cosas no nos son concedidas en el instante e que las deseamos; y donde el hijo único deberá enfrentar la competencia la rivalidad y la comparación con lo demás.

'Pero, además de repartirse materialmente ante los pedidos de vario hijos, los padres también se reparte emocionalmente entre ellos. El hijo único, en cambio, como exclusiva descendencia, carga sobre sí el peso de todas las expectativas y esperanzas de sus padres. Y esto es una carga pesada para el niño". 1

Así, rodeado de adultos, abrumado de exigencias, el hijo único madura precozmente en algunos aspectos, y cuando alterna con niños de su edad se aburre con ellos, o no se adapta a sus juegos. Y por si fuera poco, cuando crece se "libera" de ciertas presiones adoptando una conducta opuesta a la exigida. Por ejemplo, si se lo sometió a una disciplina esfinteriana prematura, termina mojando la cama hasta los nueve o diez años. Si se le exigieron las mejores calificaciones, termina perdiendo el gusto por la escuela o estudiando presionado por la angustia.

Por lo general, la ausencia de compañía de otros chicos de su edad, lo torna melancólico y retraído. Pero, la característica más observada es la falta de integración y su aislamiento del mundo exterior. Puede llegar -extremadamente - a desarrollar una personalidad "periférica", o sea que nunca terminará de sentirse como miembro aceptado de un grupo humano, creyendo que los otros manejan técnicas y resortes que él desconoce y a los cuales nunca tendrá acceso.

Aun adulto, sentirá siempre una envidia subconsciente de aquellos que tienen hermanos y no entenderá por qué se le negó una situación que para el resto de las personas es normal. Además, lo acompañará siempre un sentimiento de soledad difícil de superar.

La actitud mental

El hijo único tiene este rótulo no por causa de su unicidad, sino por el tipo de educación que recibe de sus padres. Con frecuencia, el grupo familiar ahoga al niño no dejándolo crecer; sobreprotegiéndolo sin permitirle asumir responsabilidades. No se lo deja ir solo al club o a la escuela ("todavía es muy chico") hasta que tiene sobrada edad para ello. Se apresuran a facilitarle las cosas o a hacérselas ("aún no las hace bien"), fomentando así su indiferencia y haraganería. Lo visten de mañana ("para que no llegue tarde a la escuela"), le preparan el portafolios para el día siguiente ("para que no se olvide de nada"). O sea, viven la vida por él.

Para empeorar la situación, a veces el grupo familiar es pequeño y cerrado e impide al niño conocer otras reglas de juego u otras escalas axiológicas que no sean las de los adultos. El niño adquiere así un vocabulario más rico y una expresión verbal superior a sus pares. Pero, limitado en su relacionamiento con ellos hasta la edad escolar, se ve obligado a saltar etapas en su maduración social. 

El ser hijo único no legitima de ninguna manera conductas atípicas.

A veces se suma el hecho de que engendrar el hijo único ha sido difícil, por razones de enfermedad, incompatibilidad genética o situación económica familiar. Entonces la ansiedad de los padres crece con cada posibilidad de perderlo, por mínima o lejana que ésta sea, y terminan transmitiéndosela inconscientemente al niño, que la absorbe, adoptándola como propia y cargándose de culpa por cada pequeña cosa que le sucede.

Cuando los padres viven en perfecta armonía, la carga afectiva que el hijo único está obligado a soportar es más liviana; pero si los esposos no se entienden entre sí o están divorciados, "desvían buena parte del afecto que estaría normalmente dirigido al cónyuge hacia el niño. En este caso el hijo único se ve obligado a soportar un verdadero asedio por parte de los progenitores".2

Si la situación familiar es irregular, el niño se aferrará afectivamente a uno de los padres con preferencia sobre el otro, lo que interferirá su normal maduración afectivo-sensorial.

La experiencia enseña que no son los hijos únicos los que se atan a sus padres. . sino que son éstos los que se aferran a aquéllos.

El clima adulto del hogar, aunque seguro, es invariable, siempre igual a sí mismo, y genera en el niño aburrimiento y desadaptación. Los chicos tienen necesidad de movimiento, de variedad, de renovación, de sorpresa, sin caer en el extremo de la hipersocialización, del exceso de actividad y del apuro crónico en todas las cosas.

La unicidad no marca a fuego a ningún hijo y tampoco debería acuciar permanentemente a los padres. Cometer errores en la crianza de los hijos es normal, pero conociendo los peligros se puede reducir mucho el margen de error.

A veces, la ansiedad de los padres los lleva a la ambivalencia. Por miedo a crear conflictos en el niño o a dañarlo afectivamente, son demasiado permisivos. Pero, a la vez, demasiado estrictos y exigentes, dado que proyectan sobre el hijo todos sus deseos de realización. Entonces, el resultado es una confusión de prioridades en el niño y una conducta pendular entre los extremos.

Unico pero diferente

¿Es posible educar a un hijo único como si tuviera hermanos? Sí, lo es. Se necesita tener más cuidado y suplir las carencias intrafamiliares con elementos y personas extrafamiliares, pero es posible. Los especialistas y pediatras señalan la conveniencia de tener presentes algunas sugerencias sencillas, pero fundamentales, al respecto:

1. Permita que el niño establezca tempranas relaciones con sus iguales. No sólo con niños de su misma edad, sino también con niños mayores y menores que él. Así aprenderá también a defenderse de los mayores y a proteger a los menores.

2. Enséñele a compartir y a esperar. El pequeño debe entender que no es posible conseguir todo lo que se desea, y menos inmediatamente. Ambas son armas que le ayudarán a ubicarse sociaimente

3. No ceda ante todos y cada uno de sus caprichos. Ponga límites a las exigencias del niño y hágalos respetar.

4. No lo sobreproteja. La sobreprotección es tan perniciosa como el abandono. Ambos carecen de verdadero amor en su base.

5. No deposite en él sus propias expectativas, temores o frustraciones. Ya tiene suficiente carga con ser hijo único.

6. Cuando la edad lo requiera, independicelo de usted, manteniendo una buena relación entre ambos.

7. No lo habitúe a dormir en el cuarto paterno ni menos aún en la cama de los padres. Cuando el niño tenga miedo ayúdele a superarlo jugando o quedándose con él hasta que se duerma, pero no lo lleve a su dormitorio.

8. Asígnele pequeñas tareas apenas esté capacitado para ellas. Esto ejercitará su responsabilidad, pondrá en juego sus destrezas y lo hará consciente de que no todo se recibe hecho a medida.

9. Anímelo a asistir a campamentos y colonias de vacaciones, a pasar la noche en casa de sus primitos o con los hijos de sus amigos de mayor confianza.

10. No lo acostumbre a los mimos excesivos, ni a la proximidad física exagerada. El afecto y la ternura son imprescindibles, pero los manoseos y besuqueos no agregan nada positivo.

11. Habitúelo a respetar la vida privada de sus padres; a hacer una diferencia entre su propia independencia y la de sus padres; a saber que las costumbres de papá y mamá no se podrán modificar por sus berrinches, y que será atendido en la medida de lo necesario.

12. Evite la marcada preferencia por uno de los padres (generalmente el del sexo opuesto). Acostúmbrelo a jugar, pasear y dialogar con ambos padres por igual.

13. No le compre más juguetes que el promedio de sus primos o amigos, ni le haga sobreabundar el dinero.

14. No lo convierta en el centro o el eje del hogar. Esto le acarreará muchos sufrimientos cuando se inserte en la sociedad.

15. No lo vea como si fuera único. Cuando esté en compañía de otros niños, trate a todos por igual.

Estos principios no carecen de atención, como puede parecer a simple vista. Ponerlos en práctica no hará que usted quiera menos a su hijo, sino que quiera equilibrado y maduro.

Hay hijos únicos con problemas y si ellos. La condición de unicidad puede acentuar algunos rasgos de carácter pero no los crea necesariamente. Ten o no tener hermanos no tiene por que determinar una vida entera.

Para el niño, más importante que tener hermanos es recibir una cuota equilibrada de cuidados, permisos exigencias, y sentirse seguro de su derecho a tener éxitos y fracasos.

Estamos de acuerdo en que es mejor no ser único. Hermanos legítimos adoptados son un factor de plenitud y felicidad. Pero si un niño es único, no está obligado a ser malcriado, neurótico o infeliz. Todo depende de educación que reciba.


1 Citado en entrevista por la psicóloga Irene M. Barreto. Buenos Aires. Argentina.
2 lsabel Adrados, La orientación del niño (Buen Aires, Kapelusz. 1973), pág. 19.