LOS NIÑOS Y LA MUERTE
Quizás el momento más difícil que los padres debemos enfrentar es el de comunicar a nuestros hijos la muerte de un ser querido. A nuestro propio dolor e incertidumbre, se suman los de los niños: ellos nunca vivieron una situación semejante y necesitan contención y explicaciones apropiadas.
Para la psicología clásica, éste es uno de los grandes interrogantes del ser humano; el otro es la sexualidad. Frente a ellos nos planteamos preguntas, ansiedades y teorías: son formas de disminuir la angustia por lo desconocido. Pero, a la vez, como plantea el filósofo Kierkegaard, constituyen el motor que nos impulsa a vivir intensamente, a crear y a procrear.
La mayor controversia que se plantean actual-mente los psicoanalistas es acerca de la capacidad de los niños y adolescentes para responder saludable-mente a la pérdida de una persona: el "duelo normal".
El duelo de los niños
Ante la muerte de uno de los padres o de un familiar muy cercano, los chicos generalmente protestan y se esfuerzan por recuperar a la persona perdida: Oran, gritan, se arrojan de un lado a otro. Están alerta a cualquier tipo de señal que pudiera revelarles la presencia del amado ausente. La fantasía principal es que la persona regresará, expectativa condenada inevitablemente al fracaso.
Apesar de que la realidad y la desesperanza se imponen, el anhelo de recuperar a la persona fallecida no disminuye. Entonces cesarán las ruidosas e inquietas exigencias, el deudo estará apático y retraído y experimentará una desdicha inenarrable. Sin embargo, el deseo del regresó persiste un tiempo más. Suelen ser comunes los estallidos de cólera, el temor a perder a los familiares sobrevivientes o el miedo a su propia muerte.
¿Es diferente el duelo de los niños al de los adultos? Las diferencias son más cuantitativas que cualitativas. Es muy importante y provechoso para un adulto disponer de una persona, un familiar o un amigo en quien apoyarse y quien le brinde consuelo. Para un niño lo es en mayor medida ya que no posee la experiencia de sobrevivir sin la presencia continua de los padres.
Si sus allegados no manifiestan simpatía, contención y comprensión por sus deseos, penas o ansiedades -totalmente normales-, los niños no podrán salir a buscar consuelo en otras personas.
Otra diferencia es su escaso conocimiento y comprensión de las cuestiones de la vida y la muerte: son más proclives a hacer falsas inferencias e interpretaciones fantasiosas de la información recibida, sobre todo si ésta es confusa o no estamos convencidos de lo que les estamos diciendo.
Los adultos podemos distraernos momentáneamente del tema de la pérdida, pero en los niños esto se da más a menudo. Lamentablemente, esta conducta habitual concentrarse en jugar con vecinos, dibujar en el jardín, pasear y reírse con la abuela- puede ser mal interpretada por los adultos: "No pasa nada, ya está bien", "No se dio cuenta" o "Ya lo superó".
En realidad, los niños oscilan entre el recuerdo y la distracción más fácilmente que los grandes, pero no por eso se olvidan del hecho o lo superan más fácilmente. Todos los padres desean que sus hijos no sufran. Tanto unos como otros tenemos que transitar la senda del duelo, un camino siempre doloroso.
Ideas infantiles sobre la muerte
La psicoanalista argentina Arminda Aberastury plantea que los niños sí tienen percepción de la muerte, ya sea la propia o la ajena. Pero esa percepción se manifiesta de un modo más bien no verbal, en especial cuando el dominio del lenguaje no es total: juegos, dibujos, ritmos alimentarios, sueños y movimientos corporales pueden servirles como canal de expresión. Una niña de 4 años, a quien se le ocultaba la muerte de sus 2 hermanitos, jugaba a sostener 2 muñecos con mucha fuerza en la mano de su terapeuta. Cuando estos finalmente se caían, rompía a llorar.
A otra nena de 3 años y medio le habían informado de la muerte de su madre mediante la metáfora "Mamá se durmió". Pero los niños no entienden ese tipo de metáforas; comenzó con terrores nocturnos y dificultad para dormir.
La incomprensión del adulto, su falta de respuestas, su propia ansiedad y las mentiras provocan más dolor y más problemas a los niños. Cuando un adulto miente, cree, erróneamente, que está protegiendo al niño del sufrimiento; en realidad, está confundiendo el dolor de la situación misma, inevitable, con la explicación verdadera, que es la única que nos puede aliviar y ayudar a elaborar la pérdida.
El ocultamiento de la muerte dificulta la elaboración del duelo: no permite aceptar que alguien amado a desaparecido para siempre. La muerte plantea a un niño el conflicto de la separación definitiva del cuerpo.
El psicoanalista inglés John Bolwby ha estudiado e investigado las condiciones y consecuencias de estas pérdidas. Plantea que las 3 condiciones más favorables para el duelo, en especial si el muerto es uno de sus padres, son:
1. Que el niño mantenga una relación segura y afectuosa con ambos padres antes de la pérdida.
2. Que reciba rápidamente la información precisa sobre lo ocurrido; que pueda preguntar y que se conteste lo más honesta y verídicamente posible; que pueda participar en la aflicción de la familia y en las ceremonias funerarias.
3. Que cuente con la consoladora presencia del padre sobreviviente o de un sustituto de confianza (abuelos, madrina, tíos), y que tenga la seguridad de que esa relación habrá de continuar.
Estas condiciones son más ideales que reales. Por lo general no se dan siempre ni en forma conjunta. En este sentido cada familia es un mundo singular y particular, al igual que cada niño.
Miedo y compañía
Muchos niños sienten una ansiedad per-sistente por el temor de sufrir otra pérdida o de la muerte propia. Estos miedos no tienen nada de patológico: comienzan a serlo cuando son suprimidos y no se permite al niño hablar acerca de ellos y preguntar.
Otros experimentan la esperanza de reunirse con la persona fallecida, y por eso alimentan el deseo de morir. Es común que en los primeros tiempos se fantasee acerca de encontrarse con el ausente. Para ellos es difícil creer que la muerte es irreparable. Muchas veces estas esperanzas se ven fortalecidas por promesas sin cumplir: "Cuando salga del hospital vamos a pasear", "No pasa nada, se va a poner bien
Otra variante es el mea culpa: se culpan a sí mismos por la muerte. Esto puede ser porque no se explicaron las causas que provocaron la muerte.
A veces aparecen conductas agresivas y destructivas: turbulencias y accesos destructivos. Los padres con poca comprensión o afinidad con los sentimientos de los hijos no las pueden reconocer como formas de duelo, y entran en un círculo vicioso donde todo termina con el silencio.
O tras veces se nota una intensa compulsión a brindar cuidados: son los clásicos niños que ayudan más de lo esperable con los quehaceres domésticos, que cuidan a los hermanitos. Por lo general, actividades que realizaba el padre fallecido.
Los accidentes también pueden ser una forma de expresarse ante la muerte de un ser querido. Así, hay niños que se caen, que se lastiman constantemente, que viven enfermos; estos síntomas tienen mucho de parecido con los padecidos por el padre muerto.
La recuperación
La mayoría de los niños mayores de 4 años son capaces de conservar recuerdos e imágenes de un padre muerto y de sufrir repetidos y esperados accesos de ansiedad y tristeza. Valiéndose de su capacidad para mantener apartados del presente sus recuerdos y los sentimientos ligados al padre, pueden aprovechar una nueva relación. Lo mismo ocurre con niños de 3 a 4 años, siempre y cuando no se los desaliente a hacer preguntas y se los informe correctamente.
A los niños más pequeños les resulta difícil expresar verbalmente sus respuestas frente a la pérdida. Pero lo importante es que las condiciones óptimas se mantengan: decir la verdad, contener y contestar las preguntas, y, sobre todo, cuidar, escuchar y querer.
Qué decir
Qué no decir
¿Y el abuelito?
La forma en que repercute sobre los niños la muerte de los abuelos depende del vínculo afectivo que exista entre ellos. En caso de que la muerte sea repentina -un accidente, un infarto-, es bueno decirlo enseguida, sin ocultar la verdad. No hay que abrumar con detalles de más.
Si se trata de una enfermedad incurable, sedebe explicar cómo es la situación y contestar concisa y verazmente sus preguntas. También es bueno visitar al abuelo enfermo para que, poco a poco, los chicos se formen su idea propia -apoyada en la realidad- de la enfermedad y la próxima muerte. Si se ponen agresivos (la otra cara de la tristeza), hay que permitir que se expresen más que censurarlos y reprimirlos: que cuenten con nosotros y que puedan expresar sus sentimientos.
Bárbara Van Domselaar