LA EDUCACIÓN SOCIAL DEL NIÑO

La socialización es el proceso que afirma progresivamente la capacidad de comunicación de Un niño con un número creciente de individuos. En la base de este proceso hay una integración relativa de los medios comunicativos, tales como el lenguaje, el juego y el afecto. Un niño no se socializa solo. Necesita de sus padres. ¡No le neguemos nuestra ayuda!

DESDE la primera infancia se puede adivinar cual será la actitud de un niño frente a la vida y en su relación con los otros No es difícil captar ciertos síntomas que permiten prever si el niño es "abierto" o "cerrado", confiado o reservado, optimista o pesimista.

El niño revela estas actitudes particularmente en presencia de extraños. Consideremos un hecho muy común. Una persona se acerca a un niño y le hace un gesto amigable, trata de acariciarlo, o le dirige una palabra. El niño puede reaccionar de diversas maneras: permanecer tranquilo, sonreír, o aun ir al encuentro del desconocido. Ese niño ha desarrollado una actitud positiva frente a la vida, es sereno y bien dispuesto. Otro, en las mismas circunstancias, tal vez dé muestra de "alarma", se sienta confuso, intimidado, "retraído" o se niegue al contacto. Es evidente que este niño conoce los problemas de integración, de adecuación social, de equilibrio afectivo, de inseguridad, de celos.

Otro niño puede reaccionar con indiferencia, o tal vez se muestre un poco molesto por las atenciones que se le dispensan, considerándolas zalamerías inútiles. Esta actitud muestra que no está habituado a recibir "cumplidos", que con él no se hace en casa "tanta historia", sino que es bastante autónomo, tranquilo e inclinado a la indiferencia. Es el tipo social que no tiene necesidad de remuneraciones o gratificaciones especiales, al punto de recibir algunos cumplidos con ironía.

Cada uno da lo que ha recibido. La capacidad de relación con los otros (socialización), aunque es en parte innata, es un producto de la cultura, de la educación dada por padres y docentes.

Antonio es alegre, vivaz, dispuesto a la sonrisa, y vive en un ambiente en el que no falta el buen humor. En la escuela le piden que redacte un hecho que involucre a los padres, y escribe:

"Mi papá es 'ruidoso' "(palabra inventada que podemos "traducir" por risueño).

En cambio Patricia es de cara un poco "larga", aprensiva y no muy diligente para hacer sus deberes. Escribe: "Mi mamá dice siempre: '¡No puedo más!' " Es claro que hay cierto nerviosismo en casa, y tal vez desorganización, si la actitud que más la impresiona son las lamentaciones de la madre.

Es muy diferente el clima en la casa de Alejandro, que es desatento, poco social y peleador. El escribe: "Mis padres gritan. Papá, cuando vuelve a casa, mira televisión o lee el diario, y siempre dice que no tiene tiempo para ayudarme a hacer los deberes".

En gran medida, la sociabilidad se aprende. Si observamos a los niños pequeños jugar juntos, nos daremos cuenta de que cada uno actúa por su cuenta. Practican lo que los pedagogos llaman "el juego paralelo". Están en compañía, pero cada uno juega por si mismo.

Uno de los primeros síntomas de socialización es el hecho de que un niño sea atraído por el juguete de otro y trate de apoderarse de él. Así procura agrandar su mundo y adquirir nuevas experiencias. Esa actitud, natura-mente, provoca la reacción del otro, que no quiere ser privado de su propio juguete y defiende sus derechos. Ya estamos en un "clima social". Ante tal situación, padres y maestros deben ayudar a los niños a darse cuenta de que puede ser más placentero jugar en colaboración. Este es un primer paso -importante- en el camino hacia la sociabilidad.

Inicialmente, las manifestaciones son un poco "mecánicas". El instinto social entre pre-escolares es esporádico y provisorio. El período del "juego cooperativo", en el cual se manifiesta una efectiva participación entre niños de la misma edad, se inicia hacia los cinco o seis años y es un periodo importante porque se comienzan a asumir y aceptar las "reglas del juego", con los derechos y deberes de cada uno. En este periodo se libran las primeras luchas por alcanzar la estabilidad en las relaciones entre los niños.

Pero es en la escuela elemental, alrededor de los siete u ocho años, cuando asoma la verdadera capacidad de socialización, y las relaciones entre compañeros se construyen sobre la base de elecciones precisas de simpatía e intereses comunes. Estas relaciones a menudo duran mucho, a pesar de los momentos de celos y agresividad. Hacia los diez años' la estabilidad se refuerza, aparecen la tolerancia y la comprensión recíprocas, y nacen las primeras amistades verdaderas, que llegan a durar toda la vida.

El itinerario en la vía de la socialización es largo y complejo. Comienza en los primeros días de vida, cuando el niño se identifica con la madre y la siente como parte de su propio cuerpo, y se completa en el momento cuando descubre su propia identidad y se da cuenta de que es un individuo. Este camino presenta innumerables emociones y en él el niño debe ser orientado y apoyado con dulzura, paciencia y realismo para que pueda adaptarse a las necesidades de la vida.

El hijo único suele estar socialmente expuesto a los peligros del egocentrismo. En este caso, los padres deben ser justamente exigentes con el niño para que
se habitúe a ser exigente consigo mismo. Si en casa no hay competidores, él debe aprender a ser el competidor de si mismo, sintiéndose "pagado" con el placer del deber cumplido.

Hay que evitar situaciones de chantaje y explotación reciprocas como: "Si te portas bien tendrás el juguete que te gusta", pues en casos como este, el compromiso del niño no irá más allá del logro de una utilidad inmediata o de un beneficio personal. Es necesario que el niño capte el valor moral de sus propios actos, la satisfacción que viene por hacer algo agradable a alguien además de si mismo, el placer de la generosidad. Así, su personalidad se formará integralmente, y se enriquecerá con ideales y estímulos que le ganarán la aceptación de los demás; el niño estará listo a "dar" y a "recibir"; será abierto, equilibrado, tolerante, dispuesto a colaborar con los otros niños, a realizar trabajos comunes, a resolver juntos pequeños problemas y a ayudarse para tener éxito en alguna actividad.

Tomás, de nueve años, escribe: "Cuando estoy en casa no veo la hora de volver a la escuela, porque tenemos muchos trabajos comenzados con mis compañeros; me vienen muchas ideas y quiero proponerlas y saber qué piensan los otros". He aquí un ejemplo de socialización felizmente lograda.

DOMENICO ACCONCI Domenico Acconci es asesor pedagógico de la revista italiana Vita e Salute.