EL NIÑO QUE TIENE MIEDO
El miedo es una de las emociones fundamentales del niño. Es la primera en manifestarse. Se le concede generalmente poca atención, porque los adultos no toman en serio los temores pueriles. En lugar de apartar del camino de sus hijos los numerosos temas de miedo que en él encuentran, muchos padres los aumentan por amenazas, sustos, castigos o cuentos terroríficos.
Hay dos clases de miedo:
Uno es el de lo que puede ser visto u oído: personas, animales, el guardia, el doctor, el relámpago, el cañón, los lugares altos.
Otro proviene de circunstancias menos tangibles, más personales, cuyo origen es más difícil de descubrir. Se trata generalmente de cosas de las que el niño ha sido testigo sin comprenderlas completamente, y acerca de las cuales ha reflexionado sin atreverse a expresar sus temores.
Los temores de la primera clase son fáciles de vencer. A veces el niño ha olvidado el hecho que les dio nacimiento. Pero no por ello han desaparecido. Bastará casi siempre descubrir ese hecho para vencer el temor que quedó en el subconsciente. Algunos niños tienen miedo de todo lo nuevo, de todo lo extraño. Pero se les puede ir acostumbrando poco a poco.
Es una equivocación creer que es bueno poner al niño delante de una situación pavorosa para enseñarle a no tener miedo. El niño que llora la primera vez que se le baña en un lago o en el mar, no recibe ningún beneficio al ser lanzado bruscamente al agua. Al contrario, su miedo al agua puede aumentar hasta el punto de hacerle imposible el baño en el agua libre.
El miedo a los animales puede producirse a una edad muy tierna. Tan pronto como el niño se acostumbra a verlos, el miedo desaparece. A veces se amenaza a los niños con el guardia o con el hombre del saco que se lleva a los chicos malos. Esto es una crueldad.
Pero más grave aún es el error de algunas mamás al amenazar al chico con llevarlo al doctor para obligarle a obedecer. ¿Quién sabe si en un momento dado la vida del niño dependerá de la intervención del médico y de que ésta se haga sin que el niño grite o se defienda?
Hay temores injustos y excesivos que causan un daño incalculable a los que lo sufren, sobre todo si se trata de un niño. El doctor Allendy, en «La infancia desconocida», califica de criminales a los padres y los educadores que hacen de este temor un arma todopoderosa para dominar al niño, para ahogar su personalidad y para obtener su sumisión a exigencias injustas.
A veces los espantos se deben a experiencias desagradables, de las cuales los padres no son responsables.
Un niño ha podido sentir terror en el consultorio del médico y puede temer encontrarse en un lugar parecido. O acaso se ha espantado del perro que ladra. Entonces puede tener miedo de todos los objetos oscuros y peludos, como los abrigos de pieles. Estos temores, basados en hechos rea les, pueden ser vencidos asociando gradualmente objetos agradables a aquellos de los que el niño tiene miedo.
Miedo por imitación
Los niños adoptan fácilmente la actitud de los padres. Muchas madres se extrañan de que sus hijos tengan miedo a los relámpagos, a los insectos o a los ratones, siendo que ellas mismas han manifestado miedo delante de ellos por estas cosas. El miedo a los ruidos ensordecedores (truenos, fuegos artificiales) puede vencerse por sugestiones hábiles.
En primer lugar, el niño debe ver en la actitud de sus padres que no hay ningún motivo de temor, pues la imitación desempeña un importante papel en la represión del miedo. Cuando un navío está en peligro, una sola persona que esté poseída por el pánico puede producir una carrera loca hacia las canoas de salvamento, mientras que un solo oficial con calma y dueño de sí puede detener este pánico y dominar la situación.
Miedo a la muerte y a ser abandonado
Los miedos subjetivos deben ser examinados con relación a sus causas. Estas son muy vagas, a veces inverosímiles. Parecen imposibles a un adulto. Reflexiones expresadas acerca de la muerte pueden provocar un serio estado de ansiedad. Ciertos niños tienen miedo de todo lo que se relaciona con la muerte, porque piensan que morir es echar a un ser vivo dentro de un hoyo. Otros, impresionados vivamente por una fórmula usada en ciertos rezos: «Si tuviera que morir durante mi sueño». De aquí viene el miedo a dormirse.
Otro temor muy frecuente en los niños es el de ser abandonados por sus padres. A veces este miedo proviene de una amenaza inconsiderada de abandonar al niño que no es bueno. ¡Algunos padres llegan incluso a hacer el simulacro!
Lo contrario también puede suceder. Una mamá al irse al hospital le contó a su niña que salía para comprar pan. La niña esperó en la ventana la vuelta de su madre. Cuando después de varias horas comprobó que no venía, se espantó. Más tarde se le permitió acercarse a un vasto edificio, en una de cuyas ventanas vio a su madre en ropa de dormir, pero sin poder hablarle. Cuando la madre, después de algunas semanas, volvió, a la niña le costaba conciliar el sueño, temiendo que su mamá se marchase mientras ella dormía.
El miedo saludable
Hay temores útiles. Son los que nos llevan a hacer ciertas acciones necesarias y nos impiden cometer acciones perjudiciales. Nos protegen del peligro. Sin temores razonables no podría vivir la humanidad. En todos los casos el miedo puede considerarse -juntamente con el dolor- como un aliado cuyos buenos oficios aceptamos sin mucho gusto, es verdad, pero que nos proporcionan demasiados eminentes servicios para que los rechacemos de plano.
Sin embargo, hay que impedir que los temores tutelares lleguen a ser una amenaza que planea sobre los primeros años del niño y acaso sobre toda su vida. Todos los miedos que no tienen base en la realidad, los que se relacionan con situaciones en las que el niño no se encontrará nunca y los que le roban toda la felicidad y toda eficacia, deben ser cuidadosamente apartados de su camino.
Nunca hay que burlarse de un niño que tiene miedo ni tratarle con impaciencia, ni tampoco discutir para demostrarle que sus temores son sin fundamento. Hay que calmar la emotividad del niño, por un tratamiento médico apropiado si fuera necesario, practicando una higiene mental muy equilibrada e incluso una moral sana. De este modo el contacto con la realidad se realizará normalmente. Y si los temores llegasen, no se correría el riesgo de preparar solapa damente una neurosis o un desequilibrio psíquico ulterior.
"Guía de la educacción familiar" por Mauricio Tieche