SI TODOS LO HACEN...
"Su atención, por favor”, interrumpió una estridente voz varonil.
Estaba por irme a dormir y mientras ordenaba mis cosas para el día siguiente, conecté la pequeña radio para escuchar un poco de música, cuando en eso. . . otra vez la información: “Desde la cero hora de mañana se procederá a aplicar la multa correspondiente a los ciclistas que estacionen en los cordones de las veredas en el centro de la ciudad”.
Por centésima vez en ese día escuché la misma información acerca del nuevo reglamento de tráfico. Hacía ya varias semanas que el centro de la ciudad estaba “adornado” con carteles como éste:
“Prohibido estacionar bicicletas”.
— ¿Escuchaste? —dijo mi madre, mirándome fijamente.
Yo sabía que ella no esperaba respuesta, simplemente quería acentuar las terminantes palabras del locutor.
— ¡Pero mamá!, si vieras las calles del centro, es para reírse; los letreros están amontonados uno al lado del otro y las bicicletas apoyadas contra el cordón de la vereda. . . una detrás de la otra. No sé para qué hacen las leyes si nadie las cumple.
—Noemí, recuerda que las leyes se hacen para ser obedecidas. Si hay playa de estacionamiento, deberías guardar tu bicicleta allí cuando vas de compras.
—Es ridículo. Las playas están vacías y no falta quien te grite:
“Cuidado nena, no sea que te la roben”. No sé qué hacer. Todos mis compañeros de trabajo y del colegio estacionan donde les queda más cómodo y nunca les pasó nada.
Pasaron varios días. Había comenzado el duro invierno y con él los primeros fríos lucían todas sus galas La gente andaba muy abrigada, muchos llevaban gorras, y otros, como yo, caminaban envueltos en sus largas bufandas, ¡Qué difícil era mantener el equilibrio sobre una bicicleta, en subida, con viento en contra. . . y envuelta en una bufanda que el viento arrancaba a cada rato!
Como no podía avanzar así, decidí parar y hacer un nudo en mi bufanda para sujetarla alrededor del cuello. Al levantar la vista, una llamativa vidriera atrajo mi atención. Allí se exponían varios pulloveres y suéteres. Los había de todas formas y colores:
rayados, con rombos, lisos, algunos más gruesos que otros, pero uno en especial me impactó. Tenía un vistoso cuello alto y era bien abrigado. ¡Qué color hermoso! Los bordes de las mangas tenían una fina terminación y. . . el precio era verdaderamente bajo.
Todos los días, al volver del trabajo, pasaba por allí y miraba de paso la atractiva vidriera. Otras veces me detenía y, mientras arreglaba mi larga bufanda, miraba y admiraba más de cerca el encantador pullover.
Muchas de mis compañeras de colegio lucían pulloveres parecidos y se las veía tan bonitas y abrigadas que sin mucho pensar decidí que ése sería mío.
Sólo faltaba un día para cobrar mi esperado “sueldo” y lo que me quedara después de ayudar a mis padres lo invertiría en “mi” precioso pullover de cuello alto.
Ya “sabía” que lo estrenaría el próximo sábado con mi mejor falda y. . . ¡qué bien luciría frente a mis amigas!
Esa tarde recordé que debía ir hasta la librería que estaba a media cuadra de la plaza central. Preocupada por la hora, mi madre me recordó:
—Noemí, no vuelvas de noche.
— Estaré aquí en media hora, mamá— respondí.
—Y no olvides confiar tu bicicleta a la playa de estacionamiento...
—Pero mamá, haré todo más rápido sin pasar por la playa de estacionamiento. No tengas miedo, todos dejan sus bicicletas en el cordón de la vereda y nadie les dice nada.
—Haz lo que quieras, pero recuerda que ni papá ni yo tenemos dinero para pagar una multa— dijo mi madre enérgicamente.
Razoné por un momento y luego dije:
—No te aflijas mamá, dejaré mi bicicleta en la playa, digan lo que digan. Y salí camino al centro.
Al pasar frente a la librería observé que el cordón de la vereda estaba casi lleno de bicicletas, pero continué mi camino hasta la gran playa de estacionamiento. . . Allí había solamente cuatro; estaban tan distantes una de otra que las pude ver muy bien. Una era amarilla, de carrera; frente a ella había una roja, de mujer; al lado de ésta había una flamante bicicleta de niño, y más allá otra de color celeste, bastante desteñido.
Estuve allí varios minutos indecisa. . . Ya estaba por entrar cuando se me ocurrió mirar el reloj. Quedé paralizada: era la hora de cerrar los negocios. Sin pensarlo siquiera, tomé mi bicicleta y en un abrir y cerrar de ojos ya había recorrido las dos cuadras que me separaban de la librería. Allí había tantas bicicletas, que tuve que apoyar la mía justo contra el letrero que decía: “No estacionar bicicletas”.
Al salir de la gran librería recordé mi tan deseado pullover. Al día siguiente sería realmente mío y quise ver si todavía estaba en la vidriera. Sí, allí estaba y ¡al mismo precio!
Al volver, ¡qué cosa rara! mi bicicleta no estaba donde yo la había dejado. Recorrí toda la cuadra tratando de localizarla, pero fue inútil. ¡No estaba más!
Corrí hasta la playa, pero allí sólo estaban las cuatro bicicletas esperando a sus dueños.
Pensando que me la habían robado, hablé con un agente de policía, pero éste me informó que un gran camión municipal se había llevado todas las bicicletas, y efectivamente.. . ¡no había ninguna!
La noche ya se había hecho presente y tuve que volver a casa tarde y en autobús. Al día siguiente fui al depósito municipal a preguntar si estaba allí mi bicicleta. Allí estaba. . . toda rayada y abollada debajo de otras, pero lo más triste es que no podía retirarla sin pagar la multa.
Al día siguiente, después de cobrar mi sueldo, fue a retirar la bicicleta y fue grande mi sorpresa al ver que el monto de la multa era exactamente lo que reservaba para el pullover que tanto deseaba y que habría estrenado aquel sábado si hubiera sido más prudente.
Noemí C, Luiz