REGLAS ¿QUIÉN LAS NECESITA?

— ¡Qué lindo sería el internado si no hubiera reglamentos! ¿No te parece, Gabriel?

—Bueno. .. claro.., pero no estoy tan seguro de ello, Adrián, especialmente después de una conversación que tuve días pasados con el “profe” López. El me oyó decir algo parecido y me llenó de preguntas. . . que me hicieron pensar un poco.

—No me vas a decir que ahora crees que las reglas son necesarias, o tal vez “indispensables”. . . —replicó Adrián, con un tono definidamente burlón.

Adrián y Gabriel eran compañeros  de secundaria y cursaban su segundo año en un colegio con internado. Ninguno de los dos se había distinguido por su excesiva disposición al orden y a la obediencia a las reglas de la escuela.

— Bueno, sin duda nos gustaría que el timbre despertador no sonara de mañana tan temprano o ni sonara, para que pudiéramos despertar cuando nos viniera bien. También que los “profes” nos dejaran ir a las clases o no según lo decidiéramos. sin tomar asistencia, y que nos dejaran dar los exámenes cuando nos sintiéramos preparados y no cuando a ellos se les ocurre.

—Eso es justamente lo que te quería decir, Gabriel —interrumpió Adrián. ahora con entusiasmo visible.

—Pero nunca se me había ocurrido pensar qué pasaría si se suspendieran todos los reglamentos, tanto para los alumnos como para el personal docente y auxiliar del colegio... —reflexionó Gabriel.

— ¡Lo que pasaría sería muy divertido! —repuso Adrián en tono festivo.

— Tal vez el primer día nos levantaríamos a la hora que quisiéramos, y naturalmente podríamos ir enseguida al comedor para desayunar, pues no hay horario, ¿recuerdas?

—iClaro!

— ¿Se te ocurrió pensar que las cocineras tal vez no fueran a la cocina ese día, pues nadie las podría obligar a trabajar?...

—Bueno, eso ya no me está gustando...

— Y cuando vuelves hambriento a tu cuarto, encuentras que un compañero se está llevando tu mejor traje, un par de corbatas y tu raqueta nueva. ¿A quién te vas a quejar? No hay reglas.

— Eso sería un abuso, un atropello de la propiedad, que está penado por la ley civil.

—Espera un poco. Te interesan las leyes civiles, que son las reglas del gobierno para protegerte cuando te conviene. Pero volvamos al colegio. Como no tienes nada que hacer, piensas que podrías ir a las clases. . . pero varios profesores pensaron quedarse en la casa para ponerse al día con tareas atrasadas en su jardín o huerta. Y tampoco hay almuerzo, y ni siquiera conversar con las chicas parece interesante con el estómago vacío, ¿verdad?

— Nunca antes había pensado en esto. En realidad, me parece que el colegio no me gustaría mucho. Sería un gran desorden, y ni estaríamos seguros, ni bien atendidos, ni aprenderíamos gran cosa. Yo pensaría en volverme a casa.

— Hace un momento mencionaste las leyes del gobierno. Si tampoco las tuviéramos. ¿qué pasaría con el ómnibus que tomaras para irte a casa?

—Bueno... —vaciló Adrián—, ¿qué camino tomaría y a qué hora llegaría? Tal vez tendríamos un accidente si algún auto cruzara un semáforo en rojo.

—O si alguien transitara por el lado equivocado de la carretera, o con exceso de velocidad, o sin respetar las señales en el camino. . . —añadió Gabriel.

Ambos muchachos quedaron sumidos en sus pensamientos. Después de una larga pausa, Gabriel rompió el silencio.

—¿Sabes, Adrián?, se me ocurre que esto de las reglas o leyes es más importante de lo que pensábamos. ¿Te acuerdas de las leyes que estudiamos en la clase de Biología? La profesora nos decía que son absolutamente regulares y se cumplen en todas partes.

—También recuerdo —añadió Adrián— que el profesor de Geografía, cuando nos hablaba de la Tierra en el sistema solar, nos enseñó las leyes de Kepler relacionadas con el movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol. Además, al hablar de los eclipses de Sol y de Luna nos decía que los astrónomos pueden predecir con toda exactitud no sólo la hora en que se producirán, sino también los lugares desde donde se los podrá observar. Eso quiere decir que los astros también obedecen leyes definidas.

Acertó a pasar por allí el profesor López quien no pudo menos que sonreír al ver reflejada en los rostros de los dos alumnos la seriedad de sus cavilaciones.

—Vaya, muchachos, ¿qué profundas meditaciones los tienen tan preocupados?

— Oh, buenas tardes, profesor López

—Gabriel fue el primero en reaccionar—. Estábamos hablando de las reglas y de las leyes: las reglas del colegio, las leyes civiles, las leyes de la Biología y las de los ástros.

—Un tema realmente importante, pues todo lo que vemos está sujeto a leyes. Por ejemplo, los elementos químicos tienen sus leyes específicas, así como sus compuestos, es decir, la materia en todas sus formas obedece a leyes definidas. También la energía se rige por leyes en su acción y su trasmisión. Por eso no resulta nada extraño que los hombres también tengan leyes que debieran obedecer.

— Ud. se refiere a las leyes civiles, ¿verdad? —adelantó Adrián.

—En realidad estaba pensando en unas leyes que constituyen las bases de aquéllas —continuó el profesor.

—Pero, ¿por qué dijo Ud. “que debieran obedecer”? — interrumpió Gabriel—. ¿Acaso los hombres no las obedecen?

—La verdad es que muchos obedecen las leyes de la alimentación, de la salud física y mental, sólo parcialmente. Ocurre que Dios dio al hombre libertad para escoger si las obedecerá o no. Por ello, algunos tratan de conocerlas para poder obedecerlas. Otros no se preocupan y a menudo tienen que sufrir las consecuencias.

— ¿Y qué consecuencias puede acarrear esa desobediencia?

—preguntó ansioso Adrián.

—Eso depende de qué leyes desobedezcan. Si son las del colegio, ustedes ya conocen las sanciones.

—jQue si las conoceré! —repuso Adrián, con un ademán de persona experimentada.

—Claro que si son las de la salud, será la enfermedad; si comes demasiado, tendrás indigestión; si solamente estudias sin descansar, podrás sufrir graves trastornos mentales.

—Sospecho que estamos en grave peligro de esto último —agregó Gabriel con ironía.

— Pero lo más grave es la desobediencia a las grandes leyes morales establecidas por Dios mismo y registradas en el Decálogo. Estas diez leyes regulan la relación del hombre con Dios y del hombre con el hombre. Son la base de las leyes civiles del mundo occidental. El cumplimiento fiel de los Diez Mandamientos sería la clave para una sana y feliz convivencia entre todos los hombres: no habría ladrones ni policía ni cárceles; todos obedecerían a sus padres y a las autoridades; no habría guerras, ni violencia, ni tantas otras cosas que nos dañan.

— Eso suena a estar en otro mundo —reflexionó Adrián.

—Y ese es precisamente el plan de Dios: cambiar este viejo mundo y a los habitantes que así lo deseen para darles paz y felicidad a todos. Claro, necesitamos comenzar a ejercitamos en esa obediencia ahora mismo.

—La verdad es que, mirándolo así, hasta me parece que los reglamentos del colegio no me molestan— sentenció gravemente Adrián,

Rolando A. Itin