PARTICULARIDADES DE LOS ADOLESCENTES
La fecha en que una niña se transforma en adolescente es bastante fácil de determinar, a diferencia de lo que sucede con un muchacho. Pero una vez que se ha adquirido esta precisión se cae en un error muy extendido: Físicamente es una mujer y pronto tendrá encanto y seducción, pero en realidad -aunque su comportamiento fisiológico sea como el del adulto- todavía no posee su mentalidad. Necesita acostumbrarse y adaptarse a las profundas modificaciones que tienen lugar en ella y que no sabe cómo recibir. Todavía no se ha establecido el equilibrio entre las transformaciones fisiológicas y las responsabilidades morales que lleva consigo este nuevo estado.
La jovencita tiene la tendencia repentina a negar el pasado. Cuando su despegarse de la infancia no es suficientemente progresivo, se hace desagradable con las personas que la rodean y sobre todo con su madre. Quiere romper brutalmente con un estado que ya no cree ser el suyo -el de una nena sumisa-, lo cual causa verdaderos conflictos, cuya responsabilidad incumbe en parte a los padres por obstinarse en seguir considerándola como una cría.
Toda la educación de la joven descansa sobre la idea que ella y sus educadores se hacen de las modificaciones profundas que su persona -física, mental y moralmente- está experimentando.
Algunas jovencitas tienen tendencia a rechazar las responsabilidades, los riesgos y las molestias de su nuevo estado. Saben que esta expansión de su personalidad es un honor del que han de alegrarse, pero tienen miedo de las cargas que implica -tanto más cuanto menos las conocen-, que, según lo que han oído, no son siempre de muy animadora perspectiva. Una mamá desengañada de su vida conyugal, una amiga mayor que ha pasado por experiencias dolorosas, una torpe alarma para ponerse en guardia contra los hombres, todo esto le impide considerar su nuevo estado con toda la naturalidad y sencillez que serían de desear.
Lo que pronto distingue a la jovencita del muchacho-y lo que distinguirá más tarde a la mujer del hombre- es un apego mucho más vivo al lado romántico y sentimental de la vida. Es bueno que las adolescentes sean más afectuosas y sensibles que los chicos, que sueñen más con el hogar que un día fundarán, pero hay que preservarlas de caer en la sensiblería superficial (de la que se desprenderían con dificultad más tarde), pues ejercería una influencia empequeñecedora sobre toda su vida. Esta inclinación a lo romántico no es sólo peligrosa en si misma (si es exagerada), sino que puede ser explotada por hombres sin escrúpulos en busca de una aventura ligera.
Lo mismo que el joven, la señorita necesita amar y ser amada. Pero en ella esta necesidad no se localiza como en él. Queda más difusa, y se sublima dando nacimiento a amistades apasionadas, a aspiraciones hacia la pureza y a abnegaciones extremas.
Hay que tener en cuenta el hecho de que estos impulsos, que deciden a veces la elección de carreras, pueden disminuir a veces bruscamente después del matrimonio, pues su verdadera causa -la insatisfacción amorosa- ha desaparecido. Sería lamentable dejar a la jovencita edificar toda su vida sobre un sentimiento que (en la mayoría de los casos) debería encontrar su pleno desarrollo en el seno de un hogar, con un marido amoroso y con unos hijos amados.
La joven de hoy día debe ser apta para defenderse sola en muchas circunstancias. La vida le suele reservar, mucho más que al hombre, extrañas sorpresas o imprevisibles etapas.
Las jovencitas son muy sensibles por naturaleza. Esto no es una razón para hacerlas unas melindrosas, rodeándolas de mil precauciones importunas. Sin embargo, hay que usar con ellas de mucho tacto y benevolencia. Una adolescente necesita sentir que se tiene confianza en ella y que se le ofrece un afecto sincero y de buena ley. Nada le hiere tanto como la desconfianza, la dureza o la ironía. Le gusta que le tomen en serio, lo cual no quiere decir tomarla a la letra.
El miedo de ser incomprendidas -y la prueba de que lo son- hacen daño a nuestras adolescentes.
Las mayorcitas necesitan especialmente un padre que tenga corazón. Si es equilibrado, fuerte, animoso y se olvida de sí mismo, si sabe crear el buen humor y merece el respeto, encarnará a los ojos de sus hijas un ideal que mantendrán con cuidado en el fondo de su corazón, y sobre el cual elegirán a sus respectivos maridos. Que el padre empiece a interesarse muy sincera y activamente en lo que preocupa a sus hijas. Que no desdeñe sus deportes ni sus distracciones ni siquiera su ordenador. Que recuerde que nada puede impresionar más a estas señoritas que las pequeñas atenciones que él les concede. Si conocen a un joven que les toma la cartera cuando las encuentra camino del instituto o que les ayuda a atravesar un paso dificil, ¿no seria de lamentar que el padre olvidara ciertas reglas de saber vivir y omita -¡terrible delito!- presentarlas a un antiguo amigo que ha encontrado en la calle?
Innumerables ocasiones se ofrecen al feliz papá de dos o tres gracias de dar el buen ejemplo. Si él es negligente en su vestido, en su conversación o en su conducta, ¿cómo podría pretender ser respetado?
La adolescente tiene gran necesidad de la amistad de su madre, que es quien nota los primeros signos de transformación de la niña en la mujer que empieza su vida independiente. Entonces deberá redoblar su solicitud, reconociendo que su hija tiene nuevas posibilidades de iniciativa y de voluntad. Esta intimidad con la madre debe servir para formar en la joven su vocación de educadora, porque puede ser que pocos años la separen del momento en que ella misma tenga niños que criar.
La adolescente de nuestros tiempos debe prepararse para una vida que se parece mucho a la del hombre. Los padres deben ayudarla a desarrollar sangre fría y dominio propio. La lucha con el mundo exterior ya no descansa solamente sobre los elementos masculinos de la familia; y la joven deberá ser capaz de hacer frente con éxito a situaciones desconocidas para su madre y sus abuelas.
Existe en la actualidad una categoría de adolescentes difíciles debido a la influencia de ambientes excéntricos y disolutos, en los que no se respeta ninguna moral de cualquier inspiración que sea.
El único «remedio» es el sufrimiento resultante.
Frente a una adolescente criticona, rebelde, mal educada, irrespetuosa de las más elementales reglas de la convivencia social, me digo que el mal remonta a muy lejos, y que el único medio de no haber llegado a eso hubiera sido una buena educación por parte de los padres y mucha confianza entre ellos y su hija.
La joven, más que el muchacho, es fiel reflejo de lo que se dice, de lo que se piensa y de lo que se hace en casa. No lo olvidemos nunca, y démosle la ocasión de expansionar su alma con felicidad en el hogar, del cual es uno de los más hermosos ornatos.