LOS COMPLEJOS: CÓMO SUPERARLOS
Bases para Desarrollar una Autoimagen Positiva
JOEL ZAVALE es un joven profesional inteligente, hábil e instruido que, después de años de intenso sufrimiento, logró superar ciertos complejos que tendieron a limitar su desarrollo personal. Una situación que le causaba mucha turbación era ser llamado para entrevistarse con alguno de sus superiores. Al recibir el aviso, experimentaba la inquietante sensación de que algo andaba mal con él. Se sentía inútil, inadecuado e inseguro. A menudo era incapaz de responder aun a requerimientos sencillos para los que estaba bien calificado. Como consecuencia, se sentía frustrado y lleno de angustia e insatisfacción.
Los complejos como el de Joel, son combinaciones de ideas, tendencias y emociones que yacen en nuestro subconsciente e influyen en nuestra personalidad y en nuestro comportamiento. El más "famoso" de todos, el de inferioridad, describe una sensación interior de poquedad y subordinación que incluye sentimientos negativos acerca de nosotros mismos, y que produce una autoimagen pobre.
La actitud con la que un niño es recibido al nacer y el trato que se le da en el hogar de su infancia, puede tener mucho que ver en la formación de los complejos. Un hogar paterno en el que se prediga aceptación y estimulo facilita la formación de un concepto personal saludable y una personalidad libre de complejos.
En cambio, un ambiente hogareño hostil y cargado de maltratos, censura y frecuente exposición al ridículo, se presta para el desarrollo de complejos y para la formación de una autoimagen negativa.
El primer paso que Joel tomó para iniciar su recuperación consistió en hacer un inventario de las ideas, tendencias y emociones que contribuían a configurar su desagradable situación. Identificó ciertas experiencias de su vida temprana que pudieron haber influido en su problema. Y analizó todos esos componentes con objetividad y sentido común.
Entre otras cosas, recordó que a menudo durante su niñez, su padrastro lo sometía a interrogatorios extensos que culminaban con expresiones de desprecio y humillación. Las palabras "inútil" y "estúpido" eran parte de la conversación diaria. Las escuchó tantas veces que llegó a creerlas. Y aunque era capaz, despierto y talentoso, con frecuencia experimentaba la arrolladora influencia de aquellas experiencias de su vida temprana.
Se percató de que ya como adulto "veía" incoscientemente en muchas personas la imagen del padrastro. Por algún tiempo tuvo que hacer esfuerzos deliberados para mantener clara la distinción, pero perseveró hasta que logró borrar aquella imagen superimpuesta en la persona de otros por su subconsciente.
También comprobó que había desarrollado la tendencia de utilizar ciertos criterios aquivocados para valorar a otras personas. Como consecuencia, comenzó a manifestar una excesiva consideración por su apariencia personal; un anhelo alocado por ser rico; ansias desesperadas por apuntarse realizaciones; el deseo de ser famoso; y una preocupación neurótica por el éxito de sus relaciones interpersonales.
Desafortunadamente, todas las acciones que realizaba para alcanzar estos objetivos, resultaban infructuosas en términos de proveerle un sentido positivo de su valor personal. Con frecuencia sus esfuerzos resultaban en frustración porque no alcanzaba el éxito buscado y porque cuando lo alcanzaba, se daba cuenta de que estas cosas no producían el sentido interno de satisfacción que apetecía.
Sólo cuando pudo percibirse así mismo desde una perspectiva espiritual fue que obtuvo logros definitivos en su proceso de recuperación. Descubrió, para su satisfacción, que Dios desea brindar a cada ser humano los recursos mediante los cuales pueda alcanzar plena felicidad y un sentido profundo de seguridad interior. Su autoanálisis lo condujo a hacer las siguientes reflexiones:
Soy especial. Soy un producto digno de la mano de Dios, quien me creó a su propia imagen para gloria suya y para mi bienestar permanente.
Soy único. El molde que Dios usó para crearme no ha sido utilizado para crear a nadie más. Por lo tanto, no necesito compararme con otros. Puedo gozarme en mi individualidad y glorifico a Dios por su especial consideración hacia mí.
Soy valioso. Dios pagó un precio infinito por mi. Estoy consciente de que para lograr mi redención todo el universo se puso en peligro. Fue tal el valor que Dios me asignó, que estuvo dispuesto a ponerlo todo en juego por amor a mi. La agonía del Salvador, sus sufrimientos y su muerte dolorosa en mi lugar me enseñan que mi valor es infinito.
Soy hijo del Rey celestial. Dios me invita cordialmente a llamarlo Padre y esto me infunde un profundo sentido de pertenencia. De ese modo me hace hermano de Jesús, miembro de la familia celestial y digno del privilegio de gozarme en su bendita comunión.
Soy objeto del amor de Dios y ese amor es incondicional. Esto hace que me sienta seguro.
Sé que no siempre me ocurrirá lo que deseo o espero, pero confío en la sabiduría de mi Padre. Sé que él me conduce por la senda que yo mismo elegiría si pudiera ver de antemano el resultado final.
Soy útil. Acepto que lo más significativo en la vida no es lo que hago en favor de mi mismo, sino lo que hago en favor de los demás. Dios me llama a servirle en la persona de mis semejantes. Y no sólo me llama. Me capacita y me hace idóneo para realizar obras de amor en favor de los demás. Me hace así partícipe del elevado privilegio de atraer a otros a la esfera de su amor.
Joel triunfó al igual que podría triunfar cualquier persona que se apropie de sus reflexiones. La clave se encuentra en aceptar el plan de Dios para nuestras vidas en una forma personal y dinámica.
Con un sentido tan profundo de arraigo, individualidad, valía personal, seguridad, pertenencia y utilidad, es imposible ser vencido por complejos. El individuo se ve desde una nueva luz que proyecta una autoimagen positiva y pletórica de auténtica satisfacción.
Dr. EMILIO GARCIA-MARENKO -El autor es doctor en Ciencias de la Educación y consejero familiar Actualmente es Vicepresidente Académico de la Universidad de Montemorelos, Nuevo Leon, México.