COMO NO TRATAR AL ADOLESCENTE

DURANTE el año 1976, cientos de miles de muchachos y jovencitas hicieron abandono del hogar, sin que se haya sabido el paradero de un buen número de ellos. Esta trágica realidad, visiblemente acentuada en los Estados Unidos, no es privativa de ese país; está también generalizándose, entre otros, en nuestros países de la América española.

Las estadísticas revelan que, aun cuando muchos de los adolescentes que se fugan, terminan por regresar a sus hogares, ya no son los mismos. Vuelven con los estigmas de su fuga inconsciente. Y así, se hallan emocionalmente traumatizados; llenos de vergüenza o, si la han perdido, con un desprecio que puede rayar en el cinismo; en ocasiones, con un remordimiento que no encuentra alivio ni en las seguridades reiteradas de perdón; si son muchachas, posiblemente embarazadas o cargando un niño desnutrido.

Pero, ya se trate de varones o señoritas, todos regresan derrotados, con la moral y la reputación a menudo por el suelo, y muchos de ellos con el cerebro arruinado -a veces irreversiblemente- por las drogas y acaso con poca o ninguna esperanza de rehabilitación.

Cabe hacerse algunas reflexiones: ¿Es que el adolescente, por serlo, está condenado a esta suerte de desvíos? ¿Será que habrá nacido con alguna inexorable propensión al mal? ¿Habrá algo de verdad en lo que decía Rousseau al afirmar que el niño nace bueno pero que la sociedad lo malea?

Y, por último, algo que nos toca más de cerca: ¿No será que, como padres, educadores o personas mayores, estaremos -inconsciente e involuntariamente- creando o fomentando alguna forma de rebeldía en nuestros adolescentes que los impulsa a tales extravíos?

¿Y no habrá, por ventura, una manera de prevenir el mal y, en caso de haberse producido ya, de poder remediarlo?

En vez de dar respuesta a cada una de las preguntas que anteceden, sólo intentaremos hacerlo con las dos últimas, y eso, sumariamente y con poco comentario, dada la exigüidad del espacio.

Mencionaremos a continuación unos pocos hechos importantísimos que deben recordarse al tratar con un adolescente:

1. No ser autoritarios con él.

2. No "mandonearlo" al pedirle que haga una cosa.

3. No hablarle a gritos. (Puede que si lo hacemos nos replique:
"No soy sordo para que me hablen así''.)

4. No enfadarse con él aunque tengamos todo el derecho del mundo para hacerlo. (Es innecesario, revela inseguridad de nuestra parte, anubla nuestra mente y nos pone en situación de desventaja con él. Por regla general, tanto más se alza la voz cuanto menos razón se tiene.)

5. No burlarse del adolescente por su torpeza o equivocaciones al querer jugar el papel del adulto. (El, ella aspiran a ser un verdadero hombre o mujer. Recordemos que todos aprendemos equivocándonos.)

6. No imponerle el oficio, carrera o profesión. (El, ella tienen derecho a elegir, sin perjuicio de que le sugiramos algo.)

7. No obligarlo a estudiar si no quiere, pero prevenirlo de la desventaja que le significará el no hacerlo. (Puede que tenga alguna deficiencia: anemia, miopía u otra afección que lo vuelve abúlico, lo cual por lo demás es característico de esa edad. Investiguemos profesionalmente la causa del mal para remediarlo.)

8. No reprender a un adolescente con aspereza. (Hay maneras y maneras de decir las cosas, y no hay por qué elegir la peor.)

9. En el jamás de los jamases administrar a un adolescente que esté arriba de los doce años un castigo físico o corporal. (Esto lo humilla más allá de lo que pueden expresar las palabras y hace que se empañe la imagen de buen padre o madre que él tenía de nosotros. Si hemos de sancionarlo por una falta, usemos un castigo psicológico: suspenderle algún derecho momentáneamente; mostrar con nuestra actitud que desaprobamos su conducta, o cualquier otra cosa correcta que lo haga entrar en razón.)

10. No hacerle sentir que somos superiores o infalibles. (Nosotros mismos no lo creemos.)

11. No escandalizarse (o mostrarse escandalizados) por algo grave hecho por él, por ella. (Nunca olvidaremos la confesión de una hija quien, con lágrimas en los ojos, nos dijo: "Siempre recordaré con gratitud que mi padre jamás me echó en cara las maldades que yo hice". Tiempo después esa hija estaba empeñada en rehabilitarse, por la gracia divina y como resultado de la bondad de un padre comprensivo.)

12. Por último, no prohibirle terminantemente -a menos que se trate de algo sumamente grave que haga alguna cosa que consideramos riesgosa o desatinada.
(Más bien tratemos de razonar con él, con ella, usando de nuestra sabiduría de años, y con el amor de Dios en nuestros corazones, para que alcance a ver las consecuencias que pudieran derivar del hecho de tomar un camino equivocado.)

Estas indicaciones, que contem-plan la faz negativa del problema -qué no hacer con el adolescente-, han producido buenos resultados toda vez que se las ha tenido en cuenta. Quiera el Dios del cielo asistirnos con una sabiduría más que humana al tratar de salvar lo más caro de nuestra vida, nuestros hijos...

Por el Dr. LEON GAMBETTA