Se miró en el espejo una y otra vez. ¡Si no fuera tan gorda! Le pediría a Romina el secreto de su silueta y, sobre todo, de ¡su cintura!
La fórmula fue fácil: unas pastillas que no fallaban. Se compraban en cualquier farmacia y sin receta alguna. Meses más tarde, Betty lucía como Romina.
Decidió abandonar las pastillas una vez que dejó de necesitarlas, pero no pudo. Trató por todos los medios de alejarse de las anfetaminas, pero ya era víctima de ellas. Un día conoció a Alberto, y poco después se casó. Ni el nacimiento de su primogénito hizo que se olvidara de las anfetaminas. Poco a poco su hogar comenzó a derrumbarse y Betty se derrumbaba con él...
Consideró que así no podía continuar y decidió suicidarse. Se encaminó hacia las vías del ferrocarril y esperó hasta que viniera el tren.
Pero le faltó valor para arrojarse. De regreso a su casa se encontró con dos hombres que le ofrecieron ayuda. Le dijeron que podían curarla de su depresión y de la adición a las drogas que había adquirido, y la invitaron a las asambleas que celebraban en su comunidad religiosa.
Betty fue. El ambiente, la gente, y aun el olor eran tan extraños... Algunos se retorcían en el suelo, otros hablaban de manera tal que nadie los comprendía, y varias mujeres prorrumpieron en espantosos alaridos. Súbitamente se sintió mal y cayó al piso. El director de la congregación le dijo que "había experimentado un buen síntoma", que habla sido aceptada por el espíritu y que pronto sanaría. Pero no fue así. Continuó dependiendo de la droga.
Un día arrojó las pastillas por la cañería del baño. Pero siguió asistiendo a las reuniones de aquella extraña congregación. Por las noches oía pasos en el techo, que aparte de ella nadie más percibía. Comenzó a odiar a sus vecinos porque 'sentía" que la espiaban continuamente. Entonces, consultó con una mujer que prometió "curar" su casa. Derramó agua en cada rincón y realizó conjuros de todo tipo. Pero nada mejoraba para Betty.
Una noche llegó destruida a su casa. En lo profundo de su corazón anhelaba abandonar todas esas prácticas. Se vio reflejada en el espejo y la figura que éste le devolvió le heló la sangre. ¡No podía ser ella! Se notó demacrada, con una expresión horrenda, deprimida, temblorosa... Desesperada trató de buscar una solución.
En los momentos de calma y lucidez, los recuerdos de su madre y las enseñanzas religiosas que ella le daba en su niñez acudían a su mente. Tomó una Biblia y con ella entre sus manos trató de orar, pero su lengua no respondía. No pudo lograrlo esa noche ni la siguiente; algo se lo impedía.
Un sábado de tarde, alguien llamó a su puerta. Era un ministro religioso perteneciente a la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Se ofreció para leer la Biblia con ella y orar. Cuando Betty quiso arrodillarse, una fuerza extraña se lo impidió y gritó con áspera voz masculina: "¡Váyase de aquí! ¡No quiero saber nada de usted, ni de su Dios, ni de su Biblia!" En otras ocasiones Betty sintió el cuerpo rígido, cayó de espaldas, sintió que se ahogaba, fue arrojada contra la pared, maldecida y burlada.
El religioso -a pesar de todo- oró con y por ella una y otra vez hasta que Betty fue liberada y los demonios perdieron dominio sobre ella. Betty ha sufrido ya doce intervenciones quirúrgicas. Sus fuerzas físicas son escasas, pero con la ayuda de Dios ha logrado superarse, abandonar la droga que la poseía, y salir del tenebroso imperio del espiritismo.
Por eso, Betty CREE EN DIOS.
Ana V de Miller, escribe para Juventud desde San Nicolás, Buenos Aires, Argentina.