Era un día brillante. El sol hacía gala de todo su esplendor e iluminaba hasta el último rincón de la angosta y transitada calle.
Desde temprano esa mañana había tenido el presentimiento de que algo malo sucedería en mi familia. Oré sinceramente y con fervor. No sabía por qué -no lo hacía con frecuencia- pero en ese momento necesitaba hacerlo. Cuando terminé sentí la certeza de que Dios me había escuchado y de que me ayudaría.
A las diez pasó Marta a buscarme para hacer las acostumbradas compras de principio de mes. Salíamos apresuradas, pues no disponíamos de mucho tiempo. Al llegar a la esquina oí un ruido estrepitoso. Dí vuelta la cabeza, ¡y me faltaron las fuerzas para creer lo que veía! Mi pequeña Lilian de sólo 3 años, estaba inmóvil bajo las ruedas de un gran camión que apenas se mantenía en equilibrio y amenazaba volcar sobre la cera.
traté de acercarme al lugar del accidente, pero la multitud que se había agolpado alrededor de mi hijita me lo impidió. Me sentí suspendida en el vacío, y por un momento no supe quién era ni dónde estaba.
Camino al hospital me preguntaba si Dios realmente existiría. Ese Dios de quien Marta me había hablado tantas veces. No. Yo no tenía evidencias -o no quería verlas- de la existencia del Dios de Marta. La inesperada muerte de mi esposo, a solo cuatro meses de nuestro matrimonio, y la lenta agonía de mi madre medio año después, me quitaron la certeza (si alguna vez la había tenido) de que Dios existía y se ocupaba de sus criaturas. Y ahora mi pequeña Lilian estaba entre la vida y la muerte... Marta me había contado de su infinito amor y misericordia, pero yo no podía constatarlo, al menos en mi vida.
Al llegar al hospital perdí el control de mis nervios. Sólo recuerdo vagamente haber preguntado una y otra vez dónde estaba Dios. Cuando recuperé la calma, me comunicaron que los médicos luchaban por conservar la vida de mi hija.
Cuando la sacaron de la sala de operaciones, todavía anestesiada y tapada, y la llevaron a la sala de cuidado intensivo, caí de rodillas junto a su cama y con lágrimas de profundo dolor clamé: "Dios, si realmente existes y si es verdad que nos amas ¡salva a Lilian de las garras de la muerte! sálvala para que ella y yo podamos creer que existes y para que también te amemos. Lo necesito, Dios".
Me levanté y esperé pacientemente al lado de mi pequeña. Unos minutos después entró el médico y me dijo: "Dentro de media hora pasará el efecto de la anestesia. Entonces sabremos cómo reaccionará y cual ha sido el resultado de la operación. Deberá esperar hasta ese momento para verla".
Hoy se cumplen 20 años de aquel incidente. Aún lo recuerdo y lo vivo como entonces. También hoy mi "pequeña" Lilian se casa. Estoy segura de que ni a ella ni a sus hijos les quedará alguna duda de que Dios existe y nos ama. Porque me escuchó, porque me respondió, por eso creo en Dios.