Me encontraba sentada en la fría arena, contemplando el ocaso de aquél día. Mientras mis ojos dirigían una mirada incierta al lago que tenía delante, mi memoria traía al plano de mi conciencia bellos momentos de mi infancia que contrastaban con la actual situación de mi hogar. Las relaciones entre mis padres se habían deteriorado. A causa de ello, vivía preocupada y mi rendimiento escolar era escaso, a pesar de mis esfuerzos. Además, el tiempo y la distancia que me separaban de mi novio lastimaban mis sentimientos más profundos. Me sentí sola, abandonada. Llegué a pensar que Dios no existía, o que si existía, se había olvidado de mí.
Así me debatía contra el desánimo, cuando, de pronto, levanté la vista, y a pocos metros de donde me encontraba, sobre el puente, una silueta oscura hizo ademán de arrojarse a las frías aguas del lago. Antes que pudiera reaccionar, la joven figura había desaparecido dejando tras de sí una siniestra secuencia de ondas circulares.
Inmediatamente salí de mi yo y corrí en busca de ayuda. Encontré a dos muchachos que estuvieron dispuestos a brindarla y volvimos velozmente al lugar del hecho. Aunque no había ni rastro de la persona, los muchachos se arrojaron al agua, y luego de varios minutos de búsqueda y lucha contra la corriente y la profundidad, lograron rescatarlo. Casi no respiraba, estaba duro y su piel se mostraba violeta. Le dimos los primeros auxilios y logramos que reaccionara.
Mientras lo trasladaban a un hospital, mi mente volvió a las cavilaciones anteriores, pero ahora con otro enfoque. Había alguien más desafortunado que yo. ¿Qué problemas tendría ese muchacho, casi de mi edad, para que intentara quitarse la vida?
Comencé a interesarme por él, sobre todo por su bienestar espiritual. Fui al hospital donde estaba internado, y me informé detalladamente sobre su estado de salud. Se estaba recuperando y manifestó deseos de conocerme. Aproveché la oportunidad para comunicarme con él y brindarle la ayuda que estuviera a mi alcance. Conversamos mucho. Se mostró agradecido por mi compañía. Se sentía solo, tenía miedo de vivir, y cuando estuvo a punto de perder la vida, sintió miedo de morir.
Le pregunté qué lo había impulsado a tomar esa decisión. Era huérfano. Su padre y su madrastra lo consideraban una molestia. Para llenar el vacío afectivo recurrió a los amigos, luego a las drogas, y finalmente al suicidio.
Sentí vergüenza de mi desánimo. Tenía menos motivos que él para despreciar la vida. Después de arrancarle una semipromesa de que la leería, le regalé mi Biblia y me despedí por ese día.
Cuando volví me encontré con un ser diferente, confiado, alegre, animado. Se había dado cuenta de que su destino era realmente la vida. Volví a sentir vergüenza de mi desesperanza y mis dudas respecto de Dios. Comencé a recordar todo lo que había recibido de su mano; comencé a hacer énfasis en lo positivo de la vida. Entonces me di cuenta de que tenía sobradas razones para estar segura de que para el Cielo yo era una criatura única y especial. Por eso creo en Dios.