EL TREN QUE NUNCA LLEGÓ
Era pleno invierno. El viento helado congelaba el vapor de la respiración y la neblina pintaba el paisaje de una aletargada monotonía gris.
Sólo la idea de tener que salir de casa hacía cambiar cualquier plan.
A pesar de las inclemencias climáticas, la alegría era completa en el hogar de la familia Hernández.
i Qué felicidad sentían los padres al ver que cada uno de sus nueve hijos crecía sano y lleno de aspiraciones! Pero aún les quedaba a todos mucho por recorrer: algunos de los hijos eran niños y otros adolescentes; tenían que estudiar, labrarse un futuro, modelar el carácter... Eso requería mucho esfuerzo, mucho amor, mucha fe. Cuántos desvelos, cuántas lágrimas, pero a la vez, cuánta esperanza!
Ese día, Silvia, la hija mayor, debía regresar al colegio con internado de una ciudad del sur chileno donde cursaba sus estudios secundarios. Aunque el frío era intenso, los niños esperaban ansiosos para poder acompañar a Silvia a la estación del ferrocarril.
ˇQué importaba el frío si el corazón estaba lleno de amor! Silvia era una hermana muy querida por todos y por nada del mundo dejarían de ir a despedirla.
-Puedes ir en ese tren, Silvia -le dijeron-. Al ser expreso va directo y llegarás antes al colegio. El valor del pasaje es el mismo, y para abordar el tren ordinario debes esperar una hora más.
-Tienen razón -dijo Silvia-. Viajaré en este tren. Ya debo subir.
ˇAdiós!
Ya en el tren, Silvia acomodó sus valijas y abrió la ventanilla para despedirse por última vez de sus amados. Vio a sus hermanitos tiritando; sus escasas ropas, sus narices rojas y sus barbillas temblorosas le
produjeron una profunda pena.
-Eliana, lleva pronto los niños a casa, están temblando! -rogó Silvia a su hermana.
-No, no, no -gritaron todos a coro-. Queremos estar aquí hasta que parta el tren.
En ese momento se anunció la partida del expreso y el tren comenzó a ponerse en marcha. Algo extraño pasó con Silvia: rápidamente tomó su valija y descendió de un salto.
-Pero, Silvia, ¿te volviste loca? ¿Por qué bajaste?
-Perdonen... no sé qué me pasó; sentí muchos deseos de bajarme. No sé por qué.
Una hora más tarde Silvia abordó el tren ordinario, para alivio de todos sus hermanos que ya anhelaban volver a casa.
Poco antes de llegar a destino, el tren se detuvo en una pequeña estación. Al preguntar por qué no avanzaba, Silvia se informó de que el tren expreso había tenido un grave accidente y deberían transbordar a otro convoy porque las vías estaban rotas.
Después de aguardar más de una hora siguieron camino por la vía paralela. Cuando pasaron junto al tren accidentado, Silvia sintió un nudo en su garganta.
ˇQué terrible impresión! La valija se le cayó de las manos: el vagón en el que ella había subido unas horas antes estaba totalmente destruido, lleno de muertos y heridos.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y el corazón de agradecimiento. Al verse sana, ilesa, comprendió que la fe de sus padres no era vana. Recordó la oración que todos juntos habían elevado pidiendo a Dios que la cuidara. Y allí estaba la respuesta.
El matrimonio Hernández tuvo la alegría de ver a sus nueve hijos adultos, felices, profesionales. Puedo dar testimonio de esto porque Silvia es mi madre, y he visto en su vida, en la de sus padres y hermanos y en la mía propia el poder de la oración Por eso, CREO EN DIOS.
Ruth Y. Gómez H.