EL CULPABLE
¡Otra vez! ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Por qué sufrimos así?
No tenemos nada para comer... Y tengo hambre!”
No hallaba a quién culpar por lo que nos estaba pasando. No era la primera vez que no había nada para comer en casa. Me sentía débil y de mal humor. Mi mente no podía entender lo que sucedía. ¿Habría algún porqué? En ese momento sólo “pensaba” con mi estómago. Escuchaba con envidia cómo los demás hablaban sobre lo que iban a comer. Entonces, cambiaba de tema o simplemente me alejaba del grupo. Me dolía ver cómo mis amigos gastaban dinero en cosas sin valor; cómo ellos, que ni siquiera se acordaban —y hasta se burlaban— de Dios, tenían de todo.
Siempre me ha gustado el deporte y me ha ayudado a olvidar muchas penas. Ese día pensaba ir a jugar, pero me sentía mal y mi mente sólo atinaba a maldecir. Entré en la cocina sabiendo lo que iba a encontrar. Automáticamente abrí la puerta de la alacena, para ver sólo migas de pan añejo y un tarrito que alguna vez tuvo en su interior harina tostada. Me quedé ahí unos instantes sin pensar en nada. . . hasta que cerré la puerta con violencia y, al menos inconscientemente, culpé a Dios.
Salí rápidamente de la cocina y me tiré en la cama. Se asomó en mí un sentimiento de culpa por lo que había dicho y hecho. Pero traté de ignorarlo y, aunque sentía remordimiento, no quise obedecer la tenue voz que me decía que pidiera perdón a Dios.
Por el contrario, en un arranque de rebelión contra el Creador proferí mil cosas que jamás había pensado que podría decir. Dentro de mí se mezclaban un orgullo destruido bruscamente —que se recordaba poseedor de lo que ahora ya no tenía—, una confusión que luchaba por encontrar al culpable de todo...y un gran odio hacia ese alguien desconocido.
Es cierto que en última instancia culpaba a Dios; pero inconscientemente algo dentro de mí buscaba otro culpable, como rehuyendo mi intención de acusar al Creador.
Preocupado con todo esto, me cambié de ropa y partí para el colegio. La distancia que separa mi hogar del colegio podía recorrerla en sólo cinco minutos. Pero en esos cinco minutos desfilaron por mi mente numerosas personas, posibles culpables. Primeramente mi madre; pero pronto la descarté porque el estaba sufriendo tanto o más que yo. Más aún, ella hacía todo lo que podía por traer a casa alguna cosa para comer. Luego recordé a otros familiares y amigos, pero no encontraba al responsable de las necesidades que pasábamos. Hubiera querido descargarme contra esa persona. Entonces recordé a mi papá. Sí, ¿quién otro tenía más culpa que él? Desde que se había separado de nosotros, nuestros problemas se habían acentuado gradualmente. Muchas veces deseé gritarle en la cara y recriminarle el tipo de vida que nos había dado. No obstante, siempre logré detenerme en el momento preciso. ¡Pero ahora ya era el colmo! Pronto comprendí que era muy poco lo que se podía esperar de alguien que está tan lejos de Dios. Su irresponsabilidad era tan grande que casi no se lo podía culpar. Al chasquearme nuevamente en mi búsqueda del culpable, volví a atacar mentalmente a Dios. Pero no me animaba a hacerlo definitivamente, porque en el fondo de mi alma sentía la sensación de que Dios quería ayudarme.
Comenzó el partido. Extrañamente no me sentía débil a pesar de no haber comido. Pero, en vez de dar gracias a Dios pensé: “Era lo mínimo que podía hacer por mí”. Mi actitud ya se estaba convirtiendo en un ataque abierto. Todo me molestaba. Cualquier golpe sin intención, cualquier broma, o cualquier palabra que yo malinterpretaba, me airaba tremendamente.
En medio de la desaprobación de mis amigos, volví a casa. Ahora sí me sentía débil, y el mal humor aumentaba con el dolor de cabeza. Estaba por reiniciar mi lucha contra el Creador, como en tantas veces anteriores, cuando de pronto alguien golpeó a la puerta. Una vecina y amiga de mamá, que apreciábamos mucho, nos trajo una olla de sopa. Quise decir “gracias”, pero dominado por el mal humor, con un ademán violento exclamé: ¡Estoy harto de tomar agua, quiero masticar algo!
Unos momentos después, la misma señora que nos había enviado la sopa nos hizo llegar un pan. El orgullo me impidió reconocer ‘mi desagradecimiento y volví a decir:
¡Pan, sólo pan sin nada para ponerle encima!
Fue entonces, mientras sentía la magra satisfacción de la rebeldía, que nuestra vecina golpeó por tercera vez a la puerta de casa para entregarnos en esta oportunidad un pan de manteca. Me quedé aturdido. ¿Qué más podía reclamar ahora? La muralla del orgullo se había derribado. El mal humor había desaparecido. El agradecimiento se hizo presente en mi ser entero. Mi corazón se encogió y mi garganta apenas pudo dejar pasar lo que el Señor nos había enviado. A pesar del hambre que tenía, casi no disfruté de aquella comida a causa del peso de mi propia indignidad.
Esa noche lloré de dolor. Me había dado cuenta de quién era el verdadero culpable: yo mismo. Era yo mismo que con mi actitud impedía que el amor de Dios actuara en mi hogar. Hermosas oportunidades de aumentar mi fe y mi agradecimiento habían sido desperdiciadas.
Caí de rodillas y pude sentir cómo el Señor quitaba mi dolor. Poco a poco la carga se iba alivianando. Esa noche dormí como hacía mucho tiempo que no lograba hacerlo.
Aprendí una gran lección. A partir de ese momento todo comenzó a mejorar. Tal vez no tanto en lo material, pero sí en lo espiritual ya que nuestra fe — sobre todo la mía comenzó a crecer, y he aprendido a ver más allá de las simples cosas que me suceden.
Sólo puedo decir con el salmista:
“Den gracias al Señor, porque él es bueno, porque su amor es eterno” (Salmos 136: 1, versión Dios habla hoy).
Leonardo Fuentes M.