CUANDO DIOS ALUMBRÓ MI CAMINO

AL IGUAL que el Saulo de la Biblia, hace algunos años yo también recorría el camino hacia la perdición. Como adolescente, había inmigrado a los Estados Unidos y vivía en el sur de California, tras haber dejado a mis padres en mi país natal, decidido a
buscar aventuras. En poco tiempo ya me había unido a una pequeña pandilla local cuyas tareas cotidianas eran pelear, destruir, asaltar y consumir licor, marihuana y otras drogas. Comencé a cubrir mi cuerpo con tatuajes y a vestirme con ropas extrañas.

Al pasar el tiempo, me uní a pandillas de más "reputación" y me vi envuelto en el tráfico de drogas. Por medio de una conexión me ofrecieron un "trabajito" que me aseguraría bolsillos llenos; éste sería el principio de mi carrera "profesional". Emprendí viaje hacia el sur de California, a la ciudad fronteriza de Tijuana, México, donde me tendría que reunir con la persona que sería mi futuro "jefe". En esas circunstancias me sucedió algo que cambiaría completamente el rumbo de mi vida.

Otra persona conducía la vieja camioneta y yo ocupaba el asiento del pasajero. Repentinamente, una fuerte luz nos encegueció, haciendo que el conductor perdiera el control del volante. El vehículo se precipitó fuera de la carretera, giramos varias veces -ambos sin cinturón de seguridad-, y terminamos volcados. Sólo intente a aferrarme con ambas manos al tablero.

Cuando mi vista se aclaró, mis manos continuaban aferradas al tablero, pero me encontraba en otro auto, con otro chofer y otro pasajero al lado de éste, y viajando en otra dirección. Los miré sin entender lo que había ocurrido y pregunté angustiado: "¿Quiénes son ustedes, adónde me llevan, qué sucedió?" No hubo respuesta. Insistí en un tono más calmado, "¿Qué pasó?" El que conducía me contestó en un tono pasivo y amable: "Allá atrás hubo un accidente, y te vimos a ti, parado junto al camino, pidiendo que te lleváramos, y nosotros te recogimos".

-¿Hacia dónde nos dirigimos? -pregunté una vez más.

-Yo paso cerca del politécnico; ahí te puedo dejar -dijo él. "Qué coincidencia", pensé yo, "ahí cerca vive mi hermana, la que es miembro de la Iglesia adventista". Al bajarme, el que conducía me miró a los ojos y me dijo: "¡Cuídate, nos vemos!"

El trato amoroso y amable que recibí mientras pasaba unos días en casa de mi hermana, me hacia sentir indigno de ello. Al poco tiempo regresé a Los Ángeles, lamentando mucho que debido al accidente había perdido el contacto que me iniciara en el tráfico de drogas a nivel internacional. Poco después, todo volvió a lo "normal": pandillas, peleas, fiestas...

Cierto día, seis meses después del enigmático accidente, nos encontrábamos discutiendo en una esquina, listos para pelear contra una pequeña pandilla que se había infiltrado en nuestro territorio. Yo me preparaba para dar el primer golpe, cuando repentinamente un hombre de edad madura con una vieja bicicleta llegó lentamente hasta quedar en el centro de todos nosotros. Con toda calma desmontó su bicicleta, sacó una Biblia de su mochila y comenzó a predicarnos un sermón. "No peleen -nos decía- ¿no saben que todos ustedes son hermanos?" Todos le gritábamos y lo insultábamos por su osadía, mas él continuó: "¿Alguno de ustedes teme a Dios y quiere aceptar a Cristo como su Salvador?" Entre medió de las risas, mi voz se alzó, diciendo: "Y0" Hubo silencio y todos me miraron; yo no podía creer lo que había hecho. Yo no hablé, fue mi boca, pero ¿cómo podría explicar eso a mis sorprendidos amigos?

Rápidamente, el hombre de la bicicleta rompió el silencio al decir enfáticamente: "¡Gloria a Dios, aleluya!" Señalándome con su dedo dijo: "Hoy voy a estar orando por ti", y partió.

Cuando se reanudó la pelea, yo ya no tenía ningún deseo de pelear, por lo que me fui a casa. Me sentía muy avergonzado. En mi mente se estaba librando una batalla, y esa noche, antes de dormir, ore.

Mi hermana me había dicho que orar era hablarle a Dios como a un amigo, y eso fue lo que hice: "Dios, déjame en paz -le dije-, yo no te necesito. Estoy muy bien y quiero que tú salgas fuera de mi vida. Quédate en tu territorio. Amén".

Usualmente yo no sueño, pero esa noche tuve un sueño. Observé detalladamente en mi sueño el accidente de seis meses atrás. Vila luz enceguecedora y el momento cuando nos salimos de la carretera. Luego observé cómo dos personas vestidas de blanco reluciente bajaron, me sacaron fuera del vehículo y me colocaron en el carro en el cual me encontré después del accidente.

De pronto desperté; respiraba profundamente y me encontraba bañado en sudor. Todo parecía tan claro; Dios me había salvado en el accidente y ahora yo no paraba de llorar. El rencor había desaparecido. Por fin mi vida tenía sentido, propósito. Salí de mi cama y caí de rodillas. Esa noche acepté a Jesús como mi Salvador personal. No sólo le entregué mi corazón, sino también mi vida; me rendí totalmente a él. En mi mente ya no había más lucha, pues Cristo había triunfado. Exclamé, "Tú ganaste, Jesús", y añadí como el apóstol: "Señor, ¿qué quieres que yo haga?" 

SIMÓN MADRIGAL
El autor es actualmente pastor de la Jglesia Adventista en Rockingham Carolina del Norte.